Una musa moderna y su pacto con la eternidad

 
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"Musas eran las de antes" era el estribillo con que, años atrás, un joven especialista en cuestiones grecolatinas interrumpía los endiosamientos al que eran proclives sus amigos cinéfilos. Bastaba afirmar que tal o cual actriz (Victoria Abril, Jennifer Connelly, Emmanuel Béart) era la inspiración de tal o cual director (Almodóvar, Dennis Hopper, Jacques Rivette) para que interrumpiera la charla con su frase hecha. Parecía estar objetando una dependencia excesiva de la cartelera del momento o sugiriendo que ninguna devoción podía equipararse a la que todavía recibían las estrellas de la era dorada del cine, pero lo suyo era de una brutal literalidad: se refería a Calíope, Melpómene, Terpsícore y sus compañeras. Las películas no tenían cabida, por razones cronológicas, en su Arcadia cultural, aunque las musas fueran nueve y el cine, como arte moderno, séptimo.

Tanta severidad clásica le impedía ver cuánto de mítico fulguraba, por poner un ejemplo, en la figura de Anita Ekberg, la meteórica musa de Federico Fellini que murió días atrás. Plantada en medio de la Fontana di Trevi, convocando a Marcello Mastroianni con un displicente: "Come here" (Sylvia, su personaje, era una actriz internacional), era la materialización onírica de ese inconsciente colectivo que sigue farfullando su runrún a pesar de todo nuestro moderno escepticismo. Las musas, anota Jean-Luc Nancy en uno de sus libros, le deben su nombre a una raíz etimológica que refiere al ardor, a la tensión viva que se consume en la impaciencia, el deseo o la ira. La musa anima, excita, pone en marcha, agrega el pensador francés, y sólo en una versión mitigada alude a "los movimientos del espíritu". Está hablando de aquellas chicas griegas de leyenda, pero ¿no se pueden trasladar esas palabras a esa deidad nórdica que se hunde hasta las rodillas en la fuente?

Ya casi se olvida (es lógico: La dolce vita se estrenó en 1960 y gran parte de sus espectadores recalamos en el mundo mucho después) que la escena más controvertida de ese film descontracturado fue aquella en que la ex reina de belleza aparece con traje negro y sombrero de cura. O la orgía del final. Cosas de la época. Para la historia del cine, Anitona (aumentativo con que Fellini había bautizado zalameramente a Ekberg) será para siempre el eterno femenino que, después de una noche desquiciada, atrae con sus sortilegios al periodista que la sigue en su deambular romano. De aquí en más, también...

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