La mujer que quedó atrás

Cada vez que puedo lo digo: no me gusta nada el barrio en que nací porque no tiene nada. Solo calles, colegios, locales, restaurantes, edificios, casas y plazas. ¿Por qué será que necesito decirlo? Yo lo quería tanto. En mi infancia no sabía porque nadie sabe durante esos años. Qué época turbia la niñez. Después, en mi adolescencia, estaba enamorada. El centro, a unas cuadras de mi casa. El videoclub recién llegado desde Estados Unidos, también, como la heladería del dulce de leche granizado más rico. Mi abuela, a cuatro cuadras. Mi mejor amiga, a menos de cien metros. Todo encajaba. En quinto grado ya volvía a casa sola después del colegio porque vivía cerca y la ruta era derecha. Tenía todo lo que podía en la palma de mi mano.Por eso, por aquellos años, cuando competíamos en el campo de deportes entre colegios alemanes de todas partes del país yo gritaba el nombre de mi barrio como si en lugar de cuerdas vocales tuviera garras. Así nos diferenciábamos. Éramos todos "colegio alemán de". Uno de Villa Ballester, otro de Hurlingham, el de Quilmes, el de Bariloche, algunos más y entre todos, nosotros. Temperley, partido de Lomas de Zamora. Y en ese nosotros, yo, con la garganta hecha trizas.Por muchos años pensé que me alcanzaba. A los 16 años era feliz. Caminaba cinco cuadras y llegaba a donde quisiera. Los viernes y los sábados por las noches con mis amigas íbamos siempre a los mismos únicos bares y nos veíamos entre los mismos. Con apenas algún cambio de vestuario. Había algo de lo predecible que me hacía bien.Hasta que una tarde llegué a la entrada de una universidad pública en una esquina porteña y a partir de entonces y de a poco, con los días, el castillo del cuento que yo me contaba porque me lo habían contado comenzó a destrozarse, en la mochila que cargaba con libros y cuadernos. Y entre ruinas y despojos ese dolor que se instaló por error o por suerte se transformó en una apertura. Un espacio por el que podían entrar cosas. Sin control. Y...

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