Mozarteum: una fiesta a toda orquesta

 
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No hay inocencia en los nombres. El apelativo característico por el que una persona o cosa es conocida es la palabra y también la historia contenida en ella, su cifra. Cuando, hacia 1952, los fundadores del Mozarteum Argentino decidieron llamarse a sí mismos de esa manera se situaron bajo una doble protección que nadie desdeñaría: en primer lugar la del propio Wolfgang Amadeus Mozart y, en segundo término, el del Mozarteum de Salzburg, una sociedad dedicada al estudio de la obra de Mozart cuya fundación se remonta al siglo XIX. Ya en el prólogo a Mozartiana , una preciosa antología de juicios sobre el compositor editada en 1960 con ilustraciones de Héctor Basaldúa, podía leerse que la institución realizaba una "obra de afirmación del ideal mozartiano que, en el fondo, constituye una verdadera nota de orgullo" en el ambiente musical local. Hoy, a las 20.30, en el Colón, como hace años, el Mozarteum iniciará su 60° temporada. Casi supersticiosamente, no podía sino repetirse esta vez el nombre propio que estuvo en el comienzo: Mozart, con un programa dedicado a él de punta a punta que interpretarán justamente la Orquesta del Mozarteum de Salzburgo, dirigida por Matthew Halls, con la pianista Elena Bashkirova.La elección del repertorio es significativa: la obertura de La clemenza di Tito , el Concierto para piano n° 21 en Do mayor KV 467 y la Sinfonía n° 40 en Sol menor KV 550 . Las tres piezas corresponden al período vienés de Mozart, es decir a su época de plena madurez, aun cuando esa madurez transcurriera en su caso dentro de los estrechísimos límites de la juventud. La pieza más temprana es el concierto, fechado en 1785; la más tardía, la obertura de La clemenza di Tito , escrita en 1791, el mismo año de la muerte del compositor. En el medio, como bisagra, el año 1788 de la sinfonía. Pero es un programa completamente unificado no sólo en términos históricos sino también musicales. En principio, hay una conexión de orden dramático, en el sentido más operístico del término, que va de la obertura a la sinfonía: lo sinfónico se proyecta sobre lo operístico y lo operístico sobre lo sinfónico. Luego está la recurrencia del clarinete, un instrumento por el que Mozart, seguramente a instancia de su relación con el clarinetista Anton Stadler, mostró una evidente predilección en su período tardío, como lo prueban su Concierto y su Quinteto . Es cierto que en la Sinfonía Júpiter , la n° 41, faltan los clarinetes, pero Mozart los incorporó...

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