Mitos potenciados y otras fábulas

 
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Pocas cosas tienen más valor en la vida de los pasillos de una empresa moderna que una historia cuyo protagonista sea un empleado, ejecutivo o allegado a la compañía. Será ese el punto de partida de la construcción colectiva de mitos que jamás podrán ser corroborados por nadie.

Aventuras de la vida antes de la corporación o correrías de hobbies exóticos son algunos de los mejores disparadores de sucesos muchas veces incomprobables que tomarán fuerza de jurisprudencia con el paso de los años.

Los empleados con más años tienen ventajas. Con un poco de imaginación y descaro podrán construir una historia pasada que, generalmente, es mejor que la actual. "Son los rescatadores de personajes pasados", dice el Gurú de la cortada de la calle Estomba. Levanta la vista e inmediatamente evoca a déspotas, buenos tipos, talentosos y vendehumo de antaño que siempre superarán con creces a los que ahora están dentro de la organización.

Pero más allá de las historias pasadas, las más atractivas son la que suelen construir los contemporáneos. Cierta vez, un dueño de una empresa tenía una bolsa de boxear en el despacho. Era una oficina larga. En un extremo, el escritorio; en el otro, una mesa de directorio; en el medio, el adminículo colgante. Aquella bolsa cimentó la idea de que el ejecutivo descargaba sus furias a los golpes en su despacho. El mito surgió: si al ingresar a la oficina la bolsa se movía, el hombre estaba furioso. Por el contrario, si permanecía quieta era un buen día para dialogar.

Los hobbies también son disparadores de mitos cercanos. Que colecciona tal o cual cosa extraña; que en su casa guarda variedades de algún objeto; que sabe todo lo que hay que saber de una banda de música, suficiente para...

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