La meta es ser buen padre: ahora importa más que el éxito laboral

 
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Hay pocas cosas que le importen tanto a Ramiro Pereyra, de 37 años y director de marketing de una empresa de electrodomésticos, como ser un buen padre. Tiene dos hijos: Lucía, de cinco años y León, de dos. No es sencillo combinar su agenda profesional con lo que él entiende por ser un buen padre, pero lo intenta. "Para mí ser padre es tan importante como mi carrera", sintetiza.No es el único. Según dicen los especialistas, "ser buenos padres y madres" se instaló en la nueva generación no sólo como un mandato social sino como una aspiración, a la par de la realización profesional y laboral."Ser buen o mal marido o esposa es algo que la sociedad actual considera que puede ocurrir o no, quién sabe. En reemplazo, el objetivo a alcanzar para sentirse realizados en la vida adulta hoy es una paternidad exitosa, con todo lo que esto implica. Los hijos se convirtieron, a la vista de la sociedad, en una confirmación de ese buen o mal desempeño como personas", apunta la psicóloga Eva Rottemberg, directora de la Escuela para Padres. Lograr el cariño cobra más relevancia que el respeto o la obediencia de los chicos.Como el caso de Ramiro Pereyra que a diario lucha con los compromisos laborales para hacerse tiempo para buscar a sus hijos en el colegio, llevar a Lucía a su clase de arte y estar presente en la visita al pediatra. También bañarlos, jugar con ellos, compartir experiencias y cultivar una relación individual con cada uno.El Instituto de Ciencias para la Familia, de la Universidad Austral, realizó hace algunos años un estudio sobre el significado de la familia para los argentinos. Se les preguntó si tuvieran que dejar una meta de lado en pos de otra ¿cuál abandonarían? "Hijos felices" fue la respuesta menos dada. O sea, que los argentinos resignarían cualquier cosa menos la felicidad de sus propios hijos. El 33% de los consultados dijo que renunciaría a tener una buena casa, el 26% a la seguridad financiera, el 12% a un buen matrimonio, contra sólo el 3% que renunciaría a tener hijos felices. Otro 3% dijo que no renunciaría a la vida saludable. El 24% no supo qué contestar. "Hemos encumbrado a los hijos a los más alto de la jerarquía familiar. Todo lo que queremos para ellos es que sean felices. Es el objetivo supremo. Y nuestro intento desesperado por criar hijos felices tiene consecuencias. Estamos criando niños sin tolerancia a la frustración", apunta la antropóloga estadounidense Jennifer Senior, autora de Todo alegría, nada de diversión, que hace cuatro...

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