El melllizo le aguó la fiesta a San Lorenzo

 
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Estaba todo preparado para la fiesta de San Lorenzo. El Nuevo Gasómetro se había vestido de gala, con hinchas repletos de optimismo, de esperanza. Las gigantografías de los máximos ídolos del club obligaban a inflar el pecho. A pensar en recobrar la gloria. En la cancha, Néstor Ortigoza se vestía de titiritero. Juan Manuel Salgueiro era el delantero picante que supo ser durante su paso por Estudiantes. El peruano Carmona aportaba proyección y (algo) de marca. Y Pablo Velásquez demostraba que lo suyo no es sólo cabecear. La Butteler, incluso, se daba el gusto de encender luces de bengala e iluminar el Bajo Flores con los colores azulgranas. Todo estaba perfecto, salvo por un pequeño detalle: un tal Guillermo Barros Schelotto regresaba al fútbol argentino con más mañas que nunca. Y no parecía dispuesto a volverse a casa sin hacer alguna de sus jugadas típicas.En el primer tiempo, el Mellizo habló más de lo que jugó. Entabló diálogos con el árbitro, Héctor Baldassi, y con Leandro Romagnoli. Charló por aquí, gritó por allá. Pidió siempre la pelota. E incluso se enojó cuando le cobraron alguna falta que, a su juicio, no era. Con su presencia, el show estaba garantizado. San Lorenzo sabía que no podía darle un milímetro, porque él, aun sin el vértigo de otra época, era capaz de arruinarle la noche con su lucidez.El partido estaba en el ecuador del segundo tiempo. Gimnasia aún no había empatado y le costaba inquietar a Migliore. En eso, Matías Giménez disputa un balón... Justo con el Mellizo. Guillermo Barros Schelotto, vivo, se deja caer. Héctor Baldassi, el árbitro, arquea el cuerpo y señala el punto del penal. Los jugadores platenses festejan. En el centro del ramillete humano, el Mellizo. Gimnasia aún no había empatado, pero la picardía estaba de regreso en el fútbol argentino. Segundos más tarde, consumado el gol de Neira, ahí estaba el Mellizo. Dientes apretados. Puño cerrado. Festejo en soledad, con la mira...

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