¿Mejor no hablar de ciertas cosas?

En el mundo de la cultura rige un consenso que ha trascendido, hasta ahora sin objeciones, en el tiempo: el artista es juzgado sólo por su creación. Jamás por los rasgos caracterológicos y psíquicos o aun por su pertenencia ideológica. La fuerza evocadora de la obra de arte ha permanecido al margen de cualquier cuestionamiento biográfico.

Las señoritas de Avignon nunca dio cuenta de la misoginia de Picasso. Ni los magistrales retratos de sus mujeres, de la tiranía y violencia verbal que el genio andaluz les propinaba. Ese axioma de neutralidad o subordinación frente a algo superior ha regido la expresión artística occidental y ha ratificado la autonomía plena del arte. En el escenario vernáculo de la creación contemporánea, sin embargo, esa directriz pareciera estar desdibujándose. Una férrea militancia "política de vernissage", en efecto, acecha hoy, por lo bajo, a la creación artística nacional. No sería algo gravitante si la discusión ocupara tan sólo el lugar de la disidencia por andamiajes paralelos al arte. Pero, lejos de perfilarse inocua y tolerable, es percibida por algunos coleccionistas y galeristas como el alarde de un fanatismo ideológico altisonante.

Lejos del ámbito natural de las redes sociales, ese verbo encendido y crispado, tan provocador como pendenciero -impuesto desde lo más alto del poder para dirimir bandos y pertenencias-, saltó, semanas atrás, al proscenio de arteBA y encendió una luz de alarma. De forma inesperada, hasta logró colarse en la intimidad de las casas de los coleccionistas, quienes, fieles a ese novel rito de un "coleccionismo afectivo", hoy definen adquisiciones ahondando en imaginarios e interactuando con los artistas.

Pero el resultado de ese ensayo ha sido doblemente inédito y transgresor a partir de la sutil irrupción, en algunos casos, de un nuevo concepto de obra de arte "improntada": una pieza capaz de potenciar la fruición y armonía en el hogar o de generar una incomodidad y/o fastidio explícitos. Un tipo de rechazo ajeno al arte que designa, y redireccionado al discurso ideológico del autor. Al eco amplificado en esa interacción directa, ríspida y tambaleante en el abismo mismo de la grieta social y política, que separa de forma irreconciliable al artista del comprador.

Mucho se ha escrito sobre los misterios de la contemplación. De ese diálogo desnudo, siempre subjetivo, convertido luego en soliloquio, que establece un dueño con su objeto de deseo. Poco se sabe, en...

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