Mayer, de las tormentas a la lucidez emocional

 
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SUNRISE, Estados Unidos.- Si le permitieran los tiempos, probablemente haría una excursión por Everglades, el famoso parque nacional de la Florida, que ostenta kilómetros de pantanos, cocodrilos y especies en peligro. Pero, claro, entre prácticas, descanso y masajes, el día se le escurre al Yacaré, Leonardo Mayer, la mejor raqueta argentina en la serie por la permanencia en la elite de la Copa Davis, ante Israel.Apasionado y especialista en la pesca, el correntino despunta el vicio recorriendo algunas tiendas o los supermercados de aquí, donde la variedad de artículos para esa actividad es abrumadora. "Una vez fui a uno que te vendía lanchas y hasta las podías probar ahí mismo, en un lago artificial que estaba pegado. Una cosa de locos", dice, de buen ánimo, la carta principal en el Sunrise Tennis Club en la búsqueda de seguir perteneciendo al Grupo Mundial, como ocurre desde 2002.Como número 25 del mundo, Leo es consciente de que se espera mucho de sus fortísimos tiros. Su temporada es mágica, la mejor de su carrera, con un título (Hamburgo) y una final (Viña del Mar), pero sobre todo con una regularidad y una madurez que lo distinguen.Nada es por casualidad. Los ciclos no son iguales para todos. El tenista que debutó por la Ensaladera en 2009 ante la República Checa (2-3, por los cuartos de final), con Tito Vázquez como capitán, a los 27 años halló la lucidez, deportiva y emocional. Sin lesiones que lo perturben (vivió pesadillas por su maltrecha espalda), Mayer puede competir sin cadenas. Fuera del court, alcanzó una armonía que lo liberó de los miedos. Auténtico, sensible y retraído, padeció por muchos años vivir en la Ciudad de Buenos Aires, en medio del ruido, del tránsito y los bocinazos, del ritmo frenético. Lejos de Corrientes sentía un hostigamiento. Le costaba integrarse. Pero, poco a poco fue logrando estabilidad apoyado en su grupo de trabajo, con Leo Alonso como líder, y hasta con un licenciado en psicología, Juan José Grande, que conoce el idioma de la alta competencia, ya que navegó y corrió regatas durante gran parte de sus 54 años. El trabajo con Grande fue -y es-, según le confiesa Mayer a LA NACION, igual de importante que la parte técnica y física. "Antes sufría mucho, sí, porque era diferente la vida en Corrientes, que es más tranquilo. Ahora me empecé a acostumbrar. Sufría porque era como que no tenía tiempo en el día. Ahora voy manejando mejor los tiempos. Me gusta hablar, es importante, igual de importante que todo lo otro", dice...

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