Máximo y Kicillof: el futuro se escribe con K

El kirchnerismo está condenado a triunfar. Yo, que pensaba que no hay felicidad que dure 100 años, ahora soy más optimista. Lo soy desde que me contaron una escena, conmovedora como prueba de la vitalidad de nuestra revolución. Déjenme decirlo: el futuro también se escribe con K.La historia es ésta. Después de recuperar YPF para el país y en medio de cruciales negociaciones con grandes petroleras para animarlas a invertir aquí, con el argumento de que llegan al paraíso de la seguridad jurídica, una de esas empresas quiso saber si por fin habría una recomposición de los precios del gas y el petróleo que extrajeran.¿Subir los precios? Al último funcionario que habló de subir precios lo mandamos a la cárcel por corrupción ideológica, que es una corrupción que nos preocupa. Los tres representantes del Gobierno que estaban allí no supieron qué contestar. Para llenar Vélez son unos fenómenos, pero de este tema, pobres, saben poco y nada. Uno de ellos, el vice de Economía, Axel Kicillof, cabeza del grupo, tomó su celular y se perdió en un pasillo. Estaba pidiendo instrucciones. ¿A quién?Antes de develar la incógnita, permítanme recordarles que por estas horas nada nos inquieta tanto como encontrar a alguien que ponga guita, y nada nos cuesta más caro que la crisis energética. Por eso, Axel prefirió pedir consejo. ¿A Lorenzino, su jefe en Economía? ¿A De Vido, su jefe en YPF? ¿A Abal Medina, jefe de Gabinete? ¿A un equipo de técnicos reunidos en forma paralela para asistir a los negociadores? No; a ninguno de ellos. Entonces es obvio que consultó a Cristina. Tampoco. Como era un tema tan relevante, en el que hay que saber de petróleo y gas, de negocios, de flujo de divisas, de contratos internacionales, Axel llamó a Máximo. Sí, a Máximo Kirchner. No por ser su jefe en La Cámpora, sino como experto en todas esas materias.Eso fue lo que me dejó ilusionado: que la cuestión más sensible que hoy tiene en su agenda el Gobierno quedara en manos de Máximo. Y de Kicillof. A Kichi lo estoy aprendiendo a querer. Nos conocimos en La Cámpora y afloró una relación indestructible, en la que él me explica el marxismo y yo no lo entiendo, y yo quiero explicarle el liberalismo y él no me deja. En la intimidad es un chico deslumbrado por lo que está viviendo (hasta hace poco apenas si despuntaba a la vida académica) y que respira ideología: se sienta en McDonald's y mientras come papas fritas te analiza con lujo de detalles la concentración de la renta de los productores de papa en...

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