La mano dura, ese peligroso clamor popular

Un amigo progresista de Palermo Soho acaba de descubrir con horror que los pobres son de derecha. Su entrañable empleada doméstica, que vive y pernocta en Moreno, le informó con alegría que ella y su marido se habían comprado tres rottweilers. Y que su proyecto para los delincuentes consistía en devorárselos. El marido viaja cada día en tren, y cuenta que habitualmente acontecen abordo robos de celulares, y también que con cierta regularidad atrapan al peligroso descuidista entre tres y lo arrojan del vagón en movimiento. La rutina provoca que ya nadie se altere demasiado: pocos ven dónde y cómo cayó el susodicho, y si lo hacen es más por morbo que por otra cosa. El progresismo concibe el mundo de la pobreza como un colectivo orgánico de compactos principios progresistas y puros, y por lo tanto le encanta ejercer su vocería. Ese oficio sin costos otorga el manto sagrado del "pueblo" y el delicioso elixir de la autoridad moral. El problema radica en que el universo de los más humildes está compuesto por muchos segmentos y escalas, con visiones, culturas e intereses antagónicos, y que algunos de sus valores no encajan bien en el ideario. Donde mayor tensión existe entre la izquierda urbana y el universo de los postergados es en el tema de la inseguridad. A veces las "almas bellas" romantizan la figura del delincuente, a quien prefiguran como un simple "rebelde al código penal", y victimizan al violento, porque es "hijo de una sociedad injusta". Tienden, en consecuencia, al armisticio y a la amnistía moral, al ultragarantismo y al abandono del mínimo sentido común. El laburante más modesto piensa, en cambio, que ser pobre no te habilita para ser ladrón ni asesino, y que el Estado debería ser impiadoso con los infractores. Existe en las zonas más desfavorecidas una especial saña con la delincuencia, puesto que allí suelen encontrarse las presas más desprotegidas y frecuentes: los lúmpenes ejercen todos los días en esos barrios un cruel fascismo a punta de pistola. Y el Estado brilla por su ausencia, enredado en sus teorías, en su ineficiencia y a veces en su connivencia mafiosa. Los sondeos muestran que es justamente en esos escalones sociales donde se pide más mano dura; bajo emoción violenta, muchos reclaman incluso la pena de muerte. Esta divergencia fundamental conflictúa también a los curas de base, que procuran insuflarles misericordia a las víctimas dolientes y consolación en la cárcel a sus victimarios, y que culpan al mercado por toda...

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