Mad Men o la trama invisible del destino

 
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Muchos dicen que las series ocupan hoy el lugar que tenían las novelas. Parece la justificación perfecta para echarnos ante la tele con la conciencia tranquila mientras dejamos que la biblioteca junte polvo. En mi caso al menos, la idea no resuelve la tensión cada vez que dudo entre volver al libro que estoy leyendo o encender Netflix, donde me inclino por las series policiales. Además de la intriga, las buenas policiales ofrecen hondura psicológica en los personajes (The Killing), convincentes pinturas de las desigualdades sociales contemporáneas (Happy Valley) y viajes a tierras lejanas y desconocidas (Wallander, la serie basada en las novelas de Mankell). La semana pasada, sin embargo, durante unas cortas vacaciones me dediqué a ver la última temporada de Mad Men. Cuando terminé el último capítulo de la serie recordé los primeros y tuve una sensación análoga a la que me podría haber dado alguna novela de Balzac o de Tolstoi: había sido testigo de cómo el tiempo, con la historia de telón de fondo, trabaja a los hombres. O de cómo, si se prefiere, los hombres trabajan el tiempo.

Mad Men, como la lectura, ha sido para mí un ejercicio solitario: mi mujer decidió que los personajes son fríos, superficiales, sin sentimientos, y no me acompañó en el viaje. No me quedó más remedio que darle la razón, aunque lo cierto es que no le dedicó a la serie el tiempo suficiente. En verdad, los personajes tienen sentimientos. Lo que sucede es que son incapaces de conectarse con ellos. Viven de un modo aparentemente superficial, sin introspección, sin reconocer sus pulsiones profundas. Paradójicamente, ésa es la garantía de que la historia, basada en las pequeñas cosas de la existencia cotidiana, deparará grandes momentos. Porque así, en las nimiedades de todos los días, con personajes movidos por pulsiones sordas que no pueden identificar, se va escribiendo con tinta invisible el hilo del destino, cuyo trazado se revelará, tanto para el personaje como para el espectador, mucho después, en momentos epifánicos que cifran las claves de una vida. Como a veces ocurre con cualquiera de nosotros, al fin y al cabo.

Un ejemplo de esto es el abrazo que Don Draper, uno de los principales personajes de la historia, le ofrece a un hombre desamparado en el último capítulo de la séptima temporada. Draper abandona sin aviso las oficinas de Nueva York y viaja a California, donde, sin rumbo, acaba en una suerte de comuna hippie que ofrece "retiros espirituales" para...

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