Macri le habló al mercado, ahora debe hablarle a la gente

 
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En el atardecer del viernes, un día después del anuncio del acuerdo con el FMI, un alto funcionario se regodeaba en su despacho de la Casa Rosada con la suba del 4% del índice Merval y la baja del riesgo país, al tiempo que ensayaba una conclusión: "Les hablamos a los mercados con cierto éxito. Ahora, tenemos que hablarle a la gente". Ayer, lejos de allí, en Quebec, Mauricio Macri recibía el beneplácito de la mesa chica del poder mundial por el entendimiento alcanzado con el organismo financiero. Pero al regresar de Canadá, lo espera otra realidad: la de los demonios de la calle que prenden mechas y la de una cultura que atraviesa a buena parte de la sociedad argentina, que espera todo del Estado y considera al ajuste como una mala palabra, aun cuando se vincule con el enorme gasto improductivo del sector público.

Entre aquellos demonios está buena parte de un sindicalismo que, con Hugo Moyano a la cabeza, se prepara para dar pelea. Al igual que el líder camionero, hoy entusiasmado por el colapso que recientemente provocaron sus colegas en Brasil, hay sectores del kirchnerismo a quienes les encantaría que la crisis económica se lleve puesto al gobierno de Macri. No es casual que a unos y otros no los una el amor, sino el espanto a un cerco judicial que hoy los tiene en vilo por sus escándalos de corrupción.

Distinta es la situación de dirigentes que aspiran a tomar las riendas del peronismo y generar una alternativa de poder creíble. Allí están no pocos gobernadores, precandidatos presidenciales como Juan Manuel Urtubey o José Manuel de la Sota y legisladores como Miguel Ángel Pichetto o Diego Bossio. A cualquiera de los representantes de este sector le convendría que sea el actual gobierno nacional el que encare el trabajo sucio del ajuste y ordene las cuentas fiscales. Saben que esto les ahorraría gran parte de la tarea si tuvieran la suerte de llegar al poder dentro de un año y medio. De acuerdo con esa lógica, no deberían ponerle palos en la rueda al nuevo plan económico de Macri.

El problema vendrá a la hora de tratarse la ley de leyes, el presupuesto 2019, que deberá contemplar, de acuerdo con el compromiso asumido ante el FMI, una fuerte baja del déficit fiscal, que lo lleve al 1,3% del PBI, respecto del 2,7% con el cual el Gobierno espera terminar 2018. ¿Cuán dispuestos estarán los gobernadores peronistas a resignar fondos para obras públicas en un año electoral?

La amenaza de la CGT de un paro para los próximos días plantea otro...

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