Sin lugar para la galantería

La galantería ha muerto. O por lo menos el canon tradicional que definía ese gesto amable de origen cortesano expresado, en la cultura clásica, por un hombre hacia una mujer. La sensibilización masiva y global sobre la violencia de género, y sobre los vicios judiciales y sociales que la apañaron históricamente, empezó a repercutir en las conductas cotidianas.

El otro día, de soslayo, escuché una conversación en un colectivo entre dos sujetos masculinos de unos treinta y cortos años activos y supuestamente solteros. Uno de ellos le confesaba al otro sus temores y dudas a la hora de cortejar o "levantarse", en un argot canchero, a una mujer y terminar señalado como un exponente brutal y peligroso del heteropatriarcado. Las dudas resultaban de lo más curiosas: "Si le decís que te gustan sus ojos puede interpretar que la estás acosando o denigrando". "Claro, a veces es mejor pedirle el Facebook o el Instagram y darles like a sus publicaciones para que se dé cuenta de que te gusta, pero no decir nada", acotaba su compañero con cierta perplejidad. "Es que antes uno ni lo pensaba, pero ahora hay que tener mucho cuidado cuando te gusta alguien", sintetizó su amigo, con cierto aire paradojal.

En la literatura y el cine abundan las historias de galantería que hoy serían consideradas criminales. De hecho, una telenovela supuestamente inocente de la tarde como Amo y señor, en la que Arnaldo André tenía la inclinación un tanto "ligera" de cachetear a Luisa Kuliok, sería objeto de escándalo y judicialización.

Tangos como "Tortazos" o "34 puñaladas", por mencionar apenas dos, estarían en la lista negra de la violencia de género, y ni Edmundo Rivero ni Carlos Gardel hubieran llegado muy lejos de Tribunales. Pero también ejemplos menos taxativos, como el de John Cusack (Lloyd) con su pasacasete debajo de la ventana de Ione Skye (Diane) en la ochentosa Say Anything, quedarían envueltos en la polémica porque descifraríamos allí un acoso, más que un acto de puro romanticismo como lo imaginó el director y guionista, Cameron Crowe.

Es que a esta altura ya no hay lugar para la ficción. Ni para el más mínimo matiz insidioso poblado de "ironías inteligentes"...

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