Juegos de la memoria

 
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Recuerdo un mediodía. Enero, 1959. Me llaman del diario. Castro ha triunfado y habrá celebraciones en calles vedadas al peronismo. Debo ocuparme de lo que ocurra en la ciudad. Desde temprano, una concentración popular se gesta en la Plaza San Martín. Convergen radicales, socialistas, demócratas progresistas, conservadores, ciudadanos autoconvocados. Otro Perón ha caído y esas oportunidades no se desperdician para señalarlo y festejarlo. Se cierra, creíamos entonces, el círculo sobre la pléyade de dictadores populistas que ha dominado por años en América latina. Ese día no es el turno de otro general de estado mayor en barranca abajo; quien ha caído, y ha huido ya, también él a la España del generalísimo Franco, es un ex un sargento del ejército cubano: Fulgencio Batista, que llegó a general, claro, y a jefe de Estado.

Escribí la crónica de aquellas celebraciones, inauditas a la luz de . Fue como haber escrito una crónica política de fines de septiembre de 1955: los sentimientos antiperonistas de los manifestantes estaban tan vivos como lo habían estado cuatro años antes en la Plaza de Mayo mientras Perón se entregaba a los brazos de Stroessner, en Paraguay. Por definición, no nos dimos cuenta de que los acontecimientos iban en una dirección inimaginable aquel día de 1959. No percibimos que con la revolución de la veintena de zaparrastrosos que habían sobrevivido a la invasión de la isla desde el Granma soplarían vientos de una reciedumbre continental que lo trastocarían todo respecto de lo conocido antes. Europa y África también recibirían su influencia.

La heroicidad de los rebeldes veinteañeros penetró en el corazón blando y abierto de una juventud conmovida por el nuevo mensaje; introdujo en una generación el debate de entender la política como una aventura romántica y la ilusión de que con unos pocos fusiles cabía pensar en la conquista del poder. Si lo había logrado desde la sierra Fidel Castro, ¿por qué otros no podrían alcanzar lo mismo con igual precariedad de recursos? No lo conseguiría Guevara en Bolivia, es cierto, pero no es el momento de poner en discusión la fuerza extraordinaria de los espíritus debidamente templados, capaces de irradiar fe y transmitir confianza y persuasión. Acaban de sugerirlo los principales actores de Estados Unidos y de Cuba, al encomiar el papel jugado por el papa Francisco en la novedad que ha conmovido al mundo.

¿Para qué la revolución, aparte del empeño en voltear lo que estaba en pie? "Esa...

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