Joan Manuel Serrat: Secretos de un poeta plebeyo

 
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El hombre célebre y voluminoso, tocado por su boina inseparable, lo recibió en la casa mítica y le mostró con orgullo infantil su colección de caracolas y mascarones de proa. Hablaron un largo rato de música y poesía, y luego salieron a caminar por la arena. Era un día magnífico y el mar y el viento suave se les metía por los ojos al viejo anfitrión y al joven discípulo que lo acompañaba en ese recorrido cálido y perezoso por la tertulia. La política fue ocupando el centro de la conversación: el veterano había hecho esfuerzos heroicos para salvar a republicanos y comunistas de la masacre civil española. No pudo, sin embargo, salvar a su gran amigo: Miguel Hernández, el antiguo pastor de cabras que había muerto de bronquitis, tifus, tuberculosis y decepción en la enfermería del Reformatorio de Adultos de Alicante. Fue entonces cuando Serrat le contó a Pablo Neruda que estaba musicalizando los mejores versos del poeta de Orihuela. "Tanto penar para morirse uno." Neruda amaba con todo su corazón al amigo de Ramón Sijé, lo consideraba un hermano, e incluso se arrogaba el hecho de haberlo sacado de un socialcristianismo de derechas y haberlo convertido a un izquierdismo de combate. "Pobre Miguelito", murmuraba el chileno cada tanto. Se sentía de algún modo responsable por no haber podido protegerlo de la prisión infame y de la muerte temprana.

Neruda y Serrat se toparon con un merendero de playa y se sentaron a tomar pisco y a devorar machas a la parmesana mientras el sol iba declinando sobre Isla Negra. Miguelito era un fantasma entre los dos. "Que sepan los malditos que hoy incluyen tu nombre en sus libros –escribió Neruda–, los hijos de perra, silenciosos cómplices del verdugo, que no será borrado tu martirio, y tu muerte caerá sobre toda su luna de cobardes. Y a los que te negaron en su laurel podrido, en tierra americana, el espacio que cubres con tu fluvial corona de rayo desangrado, déjame darles yo el desdeñoso olvido porque a mí me quisieron mutilar con tu ausencia."

Antes de oscurecer regresaron a la casa y el premio Nobel le regaló al catalán un burrito de greda y tres ejemplares de sus libros. Era 1971 y ahora esas primeras ediciones firmadas constituyen un verdadero tesoro. Serrat jura que las legará en su testamento a Sabina, puesto que su socio es un cazador de rarezas, un bibliófilo consumado que guarda en sus estantes de Madrid una edición única del Ulises firmada por Joyce, varias primeras ediciones de Quevedo y de Góngora, y una segunda de Cervantes. Neruda y Serrat se abrazaron en la penumbra y jamás volvieron a verse. Dos años después el autor de "Canto general" moría de cáncer, y su casa era saqueada y sus libros, incendiados. El disco de Miguel Hernández se convertiría en un clásico de la música contemporánea y Serrat también conocería el exilio.

Cuarenta años más tarde el Nano llegó a Santiago de Chile para una serie de conciertos, e inopinadamente sintió el rayo que no cesa, la misteriosa necesidad de volver a Miguel. No hay una buena explicación para ese súbito deseo, quizás fuera esta vez el fantasma imperioso de Neruda horadando en su inconsciente. Como sea, Serrat acometió la inesperada empresa con enorme alegría. Desayunaba y caminaba una hora, se duchaba y componía en su habitación del hotel. Luego almorzaba y dormía la siesta, y volvía a agarrar la guitarra y a trabajar esos poemas dolientes hasta la hora del recital. Recuerda esa rutina diaria, que derivó en "Hijo de la luz y de la sombra", como uno de los grandes momentos de felicidad creativa. "Eres la noche esposa y yo soy el mediodía". El escritor de canciones sabe que cada tema es un albur, que encontrarlo puede llevar meses o resolverse mágicamente en un instante. Mientras hacía su disco de Machado, allá en la prehistoria, unos fusibles de la cabina entraron en cortocircuito y hubo que detener la grabación. Juan se quedó sentado con su guitarra, haciendo tiempo, y tal vez aburrido dio vuelta la página del poemario y encontró algo que estaba fuera de programa: "La saeta". Casi como si jugara rasgueó las cuerdas y salió la melodía completa, en un minuto y de un tirón. Fue tan sorprendente esa iluminación del cielo, que Serrat dejó el instrumento y se fue a beber una cerveza en honor a los hados y las musas que, como el sur, también existen.

"Mediterráneo", que es considerada en las encuestas la mejor canción española de todos los tiempos, salió rápido: un día o a lo sumo dos. Pero su autor ha perseguido durante meses y años temas que se resistían como damas orgullosas. "Es lo mismo que con un mujer, Jorge –me explica. Está de nuevo en Buenos Aires, y se ha resfriado–. Te gusta, la buscas, se escabulle. En la primera cita todo puede ser maravilloso, pero también todo puede concluir de repente. Otras veces la acosas con regalos, flores, cines y citas, el asunto no mejora, y entonces la olvidas en cualquier estación del mundo. Tengo carpetas con canciones imposibles. Por lo general son ideas muy malas, no resisten un rescate serio. Asumo que para escribir canciones exigentes debes tener paciencia. Trabajar sin preguntarte qué estás haciendo. Batallar mucho tiempo sin esperar nada. Y también tener talento".

El Nano cultiva amigos personales que son brillantes poetas y que escriben canciones horrendas. Cuando le preguntan su...

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