Los intelectuales de hoy

Autor:Licenciado Alberto Baez Garbarino
Cargo:Profesor Universitario en Filosofía en la, Pontificia Universidad Católica Argentina “Santa María de los Buenos Aires”
RESUMEN

Nos parece que el término intelectual, con el transcurso del tiempo y los trastornos más profundos de algunos de los períodos que sella el hombre con su pensamiento (...)

 
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Nos parece que el término intelectual, con el transcurso del tiempo y los trastornos más profundos de algunos de los períodos que sella el hombre con su pensamiento, como es la posmodernidad, fue despojado y vaciado totalmente de su sentido más profundo y genuino.

Nuestro propósito en este artículo es rescatarlo del olvido y devolverle su verdadero significado.

Sin duda que el Mayo Francés marcó su destrozo en el año 68, y su secuela aún persiste, como un virus muy difícil de combatir.

Con él afloró un relativismo etimológico que también arrasó con uno de los términos más dignos, en cuanto que designa la diferencia esencial del hombre con los restantes grados de vida: “animal racional o intelectual”.

Ahora bien, hoy en día, el “ser intelectual” es pertenecer a esa pseudo casta de autores que dicen algo, tal vez mucho, y en realidad no dicen nada (“Vanidad de vanidades”).

Pero dejemos de lado por ahora esta confusión y tratemos de poner un poco de luz verdadera empezando por rasgos que evidencian la intelectualidad.

La escritura, por empezar, es fue y será siempre el más significativo de ellos. También el habla y la reflexión.

Y así como para que un artista plasme una obra de arte necesita previamente de un plan o de una idea, el escritor también (“conditio sine qua non”). El escribir es mostración y evidencia del pensar.

La idea concebida viene de la captación de la realidad, y en tanto es bien captada, en su total objetividad, es bien reflejada por el intelecto, por la pluma o por la palabra, y confrontada a su vez por la reflexión, capaz de rectificar lo conocido, escrito o dicho.

¿Para qué?

Fundamentalmente para transmitirlo en su verdadera medida y proporción, y comprenderlo en su esencia, que brota de la misma realidad.

De no ser así el mensaje se nos presenta poco accesible a la inteligencia.

La palabra intelectual proviene del término latino intelectus (intus-legere; leer dentro).

¿Qué significó esto para los latinos? Captar en las cosas materiales la esencia inteligible que les da, no sólo la forma que poseen y su materia, sino además la capacidad de ser comprendidas, entendidas, es decir poder trasladarlas a mi entendimiento como formas intencionales.

Dicho de otro modo: es aquello que en las cosas hace tener un aspecto inteligible, captable por la inteligencia, que en la naturaleza fue signada por un principio de vida intelectual, también llamado alma racional. Este permite que podamos pensar, amar y tener afectividad humana, características mismas que lo constituyen en su esencia, compuesta de materia y forma en unidad substancial.

Ergo, todo el género humano, ontológicamente hablando, es inteligente o intelectual. En eso hay una igualdad genérica, por eso participamos de ella, aunque nunca hubiésemos abierto un libro.

Ahora bien, con el advenimiento de las ciencias particulares, en este caso aquellas que completan la cosmovisión que del hombre podemos tener, aparecen las “mediciones de la capacidad intelectual”. Mediante pruebas pertinentes, aseguran que es posible medir el coeficiente intelectual. Y así dan data de un espectro de capacidad intelectual que oscila entre una medida estimada que arranca de 75 y llega hasta los 130 puntos, distinguiendo tres rangos, a saber, el de los fronterizos (75 a 85), el de los inteligentes (85 a 110), que sería la masa media, y...

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