Sanos, honestos y latinos: los italianos y la selectividad en la política inmigratoria en Argentina entre 1890 y 1955

Autor:Eugenia Scarzanella
Cargo:Dipartimento di Politica, Istituzioni, Storia, Università degli Studi di Bologna, Italia
Páginas:301-312
RESUMEN

I. Introducción. II. Los italianos y la criminalidad desde fines del siglo XIX hasta el siglo XX. III. La selección étnica: desde la década del ‘20 hasta Perón.

 
ÍNDICE
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I Introducción

Entre fines del1 siglo XIX y la primera década del XX, la opinión pública y los gobiernos de Argentina se planteaban los resultados de la inmigración.

Al parecer, los extranjeros habían introducido la criminalidad y los conflictos políticos. Algunos criminólogos y doctores identificaron en las poblaciones de origen latino (italianos y españoles) a los responsables de haber importado al país la semilla del delito y de laPage 302subversión. Sus investigaciones parecían confirmar la necesidad de restringir, en función del aspecto étnico, la inmigración, favoreciendo así al anglosajón según el modelo norteamericano.

A pesar de estas dudas y miedos, nunca se le puso un freno a la inmigración. Tan sólo se implementaron medidas que hicieron posible la rápida expulsión del país de todos los inmigrantes que estuviesen involucrados en acciones subversivas o en casos de criminalidad.

Después de la Primera Guerra Mundial y hasta la década del 40, se detuvo momentáneamente el flujo de inmigrantes. El principal objetivo de las políticas demográficas consistía en favorecer el crecimiento de la población nacional.

Por último, hacia fines de la Segunda Guerra Mundial, una vez más se consideró la necesidad de atraer inmigrantes, pero aun en el marco de una política restrictiva 3 . La principal causa de preocupación del momento ya no era la exclusión de los que amenazaban la estabilidad y el orden social, sino de aquellos que, tanto cultural como biológicamente, eran considerados foráneos al núcleo de la “raza argentina” que se venía conformando de manera espontánea y gradual, gracias también a los estratos migratorios posteriores. Era un núcleo mayormente dominado por la contribución italiana (y también por la española). Por tal motivo, de ahí en más se comenzó a integrar a los latinos, para nunca más excluirlos.

Sin embargo, la búsqueda de la homogeneidad étnica no eliminó la necesidad de discriminar a aquellos que, dentro de un grupo seleccionado, no eran considerados útiles al fin nacionalista. En definitiva, esto involucraba a los que no eran física y profesionalmente aptos para contribuir al desarrollo económico y que con el tiempo podrían convertirse en una carga para la Argentina.

En este artículo me ocuparé de la actitud de la opinión pública y del gobierno argentino con respecto al proceso inmigratorio comprendido entre fines del siglo XIX y mediados del XX, con un especial énfasis en la inmigración italiana.

II LOs italianos y la criminalidad desde fines del siglo XIX hasta el siglo XX

Los italianos no siempre fueron bien recibidos y bienvenidos en el exterior. En ciertas ocasiones, fueron considerados huéspedes no gratos, incluso en los países latinoamericanos, en donde la inmigración se había visto favorecida y promovida en todo el siglo XIX como medio para alcanzar el desarrollo económico y cultural.

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Esto sucedió fundamentalmente hacia fines del siglo XIX y también en la primera década del XX, cuando los trabajadores procedentes de Italia fueron en un principio consideraros chacareros eficientes y con capacidad de ahorro rápido, pero con el tiempo se los criticó por su codicia en la búsqueda de la riqueza nacional o, incluso peor que esto, por ser promotores de ideologías políticas peligrosas y fuente principal de una criminalidad generalizada y agresiva.

En la Argentina, “la segunda patria italiana”, el temor por la inmigración terminó atribuyéndoles a los denominados gringos o napolitanos una inmerecida reputación de gente violenta y subversiva.

Tanto la prensa, como la literatura y el teatro popular, se encargaron de incrementar y fomentar tales estereotipos. También tuvieron repercusiones en el Congreso y en los tribunales.

Uno de los casos más polemizados era el de la vinculación entre la inmigración y la criminalidad.

La contribución que realizaron cada uno de los grupos étnicos, especialmente el italiano, a la diseminación del delito, era un tema fundamental para el análisis estadístico y los estudios criminológicos.

El profesor Cornelio Moyano Gacitúa, conferencista sobre temas de Derecho Penal en la Universidad de Córdoba, pero también continuador de la obra de Cesare Lombroso en la Argentina, por ejemplo, advirtió a sus conciudadanos en un ensayo publicado en 1905: “La ciencia nos enseña, pues, que junto con el carácter emprendedor, inteligente, desprendido, inventivo y artístico de los italianos viene el residuo de su alta criminalidad de sangre” 4 .

Otros especialistas en el tema advirtieron sobre el aterrizaje en la República de compañías de lunfardos. Eran delincuentes profesionales que habían arribado con el objetivo de instaurar el arte del fraude, del robo, y de realizar negocios con dinero falsificado.

Los italianos en Buenos Aires eran el grupo étnico más numeroso: representaron el 60% de la población extranjera en 1887 y en 1895, el 53% en 1904, el 49% en 1909 y, por último, el 41% en 1914. Las primeras estadísticas sobre la criminalidad urbana, que clasificaba a los capturados según sus nacionalidades, se remontan a principios de los ‘80. Una primera mirada a estos datos parece confirmar el hecho de que allí existía una clara vinculación entre la inmigración y la criminalidad. Entre 1882 y 1913, el porcentaje de extranjeros capturados rondaba entre el 60 y 70%, y el de italianos promediaba el 31%.

Sin embargo, como el Dr. Lancelloti, un criminólogo de origen italiano, sugirió en una investigación realizada en 1912, que los datos estadísticos utilizados como fuente principal de prueba para acusar a extranjeros no eran exactos y hasta podrían haber sido arreglados.

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En las planillas confeccionadas por la policía, tanto los italianos, los españoles, como otros inmigrantes masculinos, demostraron, el índice más alto de criminalidad, mientras que los argentinos casi siempre se ubicaban en el último lugar. Esto sucedió debido a que la cantidad de delitos se medía en base al número total de la población de cada grupo étnico, sin importar el hecho de que la composición de la población total se diferenciaba mucho en función de la edad y sexo, tanto en la extranjera como en la local. La presencia de mujeres, gente mayor y jóvenes (por lo general no estaban involucrados en delitos) en la población extranjera era escasa.

Los datos estadísticos totales, una vez exentos de distorsiones e inclinaciones políticas y de todo tipo, eran una fuente de alivio para las inquietudes en torno al supuesto peligro que representaba la inmigración italiana, aun cuando las noticias diarias ofrecían infinitos ejemplos de conductas fraudulentas generalmente atribuidas a los recién llegados.

Las cuestiones más delicadas, en las que la vinculación entre la inmigración y la criminalidad era supuestamente “clara”, estaban relacionadas fundamentalmente con la prostitución, el crimen organizado, el crimen político, y la criminalidad juvenil. Asimismo, cabe mencionar que con frecuencia a las enfermedades, desde las epidemias hasta los casos de insensatez, se las imputaba en investigaciones “científicas” al “aluvión de la inmigración”.

En lo que respecta a la prostitución, el fenómeno fue erróneamente identificado con el tráfico humano internacional de mujeres europeas (el denominado tráfico de mujeres blancas), el cual abastecía a los burdeles latinoamericanos. Del total de prostitutas registradas en Buenos Aires en 1875, un 75% había nacido en el exterior.

En 1903, se calculaba que existían entre 8000 y 10.000 prostitutas (entre las que sólo 800 estaban legalmente registradas). Las...

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