Historias de amor y distancias

 
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Tengo en mis manos Seda, de Alessandro Baricco, en la edición que Edelvives publicó con ilustraciones de Rébecca Dautremer. Dentro de unos días la ilustradora estará en Buenos Aires, firmará obras en la Feria del Libro, y sólo eso es razón suficiente para volver a esta novela.

Repaso los rasgos con los que Dautremer imaginó a Hervé Joncour, el viajero creado por Baricco; el hombre que casi por azar, como siguiendo un curso prefijado, se lanzó, desde un pueblito francés, a la ruta de la seda: a mediados del siglo XIX, cuando el Lejano Oriente encarnaba todas las distancias posibles, Hervé Joncour atravesó tierras desconocidas y cruzó mares hasta llegar a Japón. De allí volvería después, portando en su equipaje un puñado de huevos de gusanos de seda: una promesa de prosperidad para Lavilledieu, su pequeña ciudad dedicada a la manufactura textil, y la firma puesta al pie de su propio destino. Porque al primer viaje seguirían otros. A ellos se sumarían las abismales inquietudes de la pasión. Y su apacible vida de pueblerino estallaría como estallan -sin ruido, pero también sin posibilidad de retorno- las crisálidas.

Miro las ilustraciones de Dautremer (esos paisajes esfumados, el eco de alguna acuarela japonesa), repaso la novela que leí por primera vez tantos años atrás. Y no puedo dejar de pensar en Marina. La persona que me hizo entrar en el sinuoso universo de Baricco. La amiga de los lejanos tiempos de la facultad: años de trabajar y estudiar, de empezar a vivir solos, de mucho, tanto libro comprado en saldos de la avenida Corrientes o prestado con el imperativo veinteañero -las palabras con las que Marina me pasó su volumen de Seda-: "¡Lo tenés que leer!". La mujer que, como Hervé Joncour, un día se vio a sí misma atravesando el océano. Porque, como al personaje de Baricco, también a ella se le entreveraron la distancia y el amor. Y un día su vida eclosionó -sin ruido, pero también sin retorno- al modo en que lo hacen las crisálidas.

Me la encontré hace un tiempo, en Barcelona. Yo estaba de paso, con mi familia. Ella, definitivamente radicada en España y peleándole a la crisis que por esos días recién había comenzado a insinuarse. Hacía más de diez años que no nos veíamos, la vida había jugado fuerte, y de repente, ahí estábamos: iguales aunque tan distintas; los mismos rostros, pero un cansancio nuevo, inesperado, en la mirada. Y nuestros...

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