Historia de una pasión turbulenta

El librito llegó como una misiva discreta en un sobre manila. La noticia era buena: una editorial española (Periférica) ponía en circulación en la Argentina su versión más reciente de una obra que, hoy, el paso del tiempo y el cambio radical en el gusto han confinado al anaquel de los iniciados: Agnès, de la escritora no menos secreta (sepan disculpar sus lectores) Catherine Pozzi. Lo que se despliega en esas cincuenta páginas escasas es un intenso y elevado soliloquio de impronta autobiográfica sobre el amor en dos de sus vertientes: a Dios y a un hombre de carne y hueso, que revela a la vez el ansia de perfección y de absoluto de una inteligencia soberbia, moteada por un humor sutil. Pero debajo de la superficie tersa de la obra se esconde un iceberg de pasiones turbulentas.

Catherine Pozzi nació en 1882 en París, en el seno de una familia culta y adinerada. Pronto despuntó en ella un intelecto vivaz, atizado por una sed de conocimiento sin límites y una fuerte inclinación a la espiritualidad. En 1909 se embarcó en un matrimonio fallido y en 1912 se enfermó de tuberculosis, mal que le causará la muerte en 1934. Desde siempre llevó un diario, destinado a ser una de las pocas publicaciones por las que sería recordada.

El 17 de junio de 1920 Catherine conoció a Paul Valéry en una cena y el flechazo fue devastador. Valéry tenía entonces 50 años, tres hijos, un matrimonio de dos décadas y una reputación literaria. Catherine estaba por divorciarse. Fueron amantes durante ocho años, pero la pasión y la exigente comunión intelectual que los encendía se fue tiñendo de amargura a medida que ella creía ir descubriendo en él un cinismo y una avidez de notoriedad decepcionantes. La ensombrecía comprobar que Valéry no estaba dispuesto a dejarlo todo por su amor, y la atormentaba sentirse reducida a la condición de musa.

En el transcurso de los años, los amantes intercambiaron una copiosa correspondencia. La ausencia de una carta era siempre un puntazo de angustia. Escribe Catherine: "Mediodía, nada en el correo, él no escribe desde el viernes. Jamás pasó tanto tiempo sin escribir". Y consciente de que el silencio es un arma poderosa, la usaba contra su amado. A uno de esos hiatos respondió un desesperado Valéry: "O bien usted está muerta, o bien enferma, o bien mis cartas fueron interceptadas, o bien lo fueron las suyas, o bien, en fin, usted no quiere escribirme [...] Le pido que no me deje ansioso tantos...

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