La hermandad de Eugenio M.

 
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Están de espaldas, de cara al mar, las miradas anhelantes procurando vislumbrar el futuro. Galopan en el campo agreste y desierto, los torsos adolescentes desnudos al sol y una reciedumbre temprana en los rostros. Se recuestan en dos sofás, soñolientos en la pereza de la siesta, arrullados por el obstinado rumor de las olas. Fuman, despreocupados y rientes, tendidos en la hierba y mirando el cielo con un cigarro en la mano. Huele a verano. Huelen el césped fresco y el café del desayuno, huelen la leña encendida y la mermelada casera, huelen la arena húmeda después de la tormenta furibunda y el costillar asándose en cruz. Huele a campo.

He llegado al estudio de Eugenio Mazzinghi.

-Mirá, este es mi libro -dice del libro que no es libro todavía, sino una maqueta que reúne las fotografías que les ha tomado durante años a sus hermanos. En la portada, lleva como título Mi montón de leña, porque recoger la leña que encenderían en las mañanas de invierno siempre fue tarea de los niños y de los adolescentes, dichosos de aventurarse a buscar ramas secas y mientras tanto a correrse entre ellos y a gastarse bromas, a azuzarse por cualquier motivo. Pero la leña es bastante más que eso: la leña recogida de a montones son los años que han compartido junto al mar, el tiempo acumulado en que ha crecido un amor hondo entre ellos, un amor a veces interrumpido por un súbito altercado o por un enojo, porque no serían hermanos de verdad si no sobreviniese de cuando en cuando algún sordo distanciamiento o un ataque de furia, aunque pronto esas fugaces amarguras se disipen en un abrazo o en un beso, o las ahuyenten una palmada en la nuca o un puñetazo, porque golpearse así es también una muestra de afecto entre los varones, la ruda manifestación del querer.

El tiempo transcurre mansamente. Es el tiempo de los veranos junto al mar, lánguido, lento, perezoso. No hay nada por lo que apresurarse. Allí los aguarda el desayuno en la larga mesa familiar, allí la lectura de alguna novela en el rincón preferido del parque, allí los empujones en la carrera hacia el mar con tal de zambullirse primero, y siempre una conversación confidente entre hermanos, una murmuración secreta hecha de grandes confesiones.

El día se extiende a sus anchas, invita a ser disfrutado sin premuras. Se siente el golpe de la brisa en los rostros húmedos, el crujido de las ramas de los árboles vencidas por un viento furibundo, el estrépito de un trueno en medio de la noche y el sobresalto de los...

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