¿Tiene futuro una sociedad que vende su voto por una heladera?

El presidente Alberto Fernández durante una recorrida por Dock Sud

El placer de recibirlos en este espacio. Esta semana les planteo el desafío de pensar sobre el valor marginal del dinero. Pero antes de comenzar déjenme preguntarles: ¿Cuál es el riesgo que están dispuestos a asumir para ganarlo? ¿Cuál debería ser la recompensa para que ustedes vendan su tiempo, arriesguen su seguridad, su dignidad o su libertad de decisión?

Cuando veo que para un político o un sindicalista la solución para mantenerse en el poder es comprar voluntades, necesito interpelarme e interpelarlos: ¿Tiene futuro una sociedad que vende su voto por una bicicleta, una heladera o diez dólares para concederle poder al que precisamente la condena a perder la dignidad de valerse por sí misma? ¿No es denigrante tener que comprar voluntades para ser aceptado? Sobre todo, si ese dirigente no reparte su dinero, sino que lo hace de las arcas del Estado, de las que se siente dueño.

Es más, los cargos de poder se heredan o se delegan a familiares. Entonces, alguien que quizás nunca arriesgó su dinero personal o familiar tiene la libertad de elegir las reglas, y el que emprende, solo la necesidad de pedir permiso, algún beneficio o simplemente una dádiva. Creo que debemos dar una batalla cultural en nuestro país, para concientizar que el bienestar se logra con trabajo y no con dádivas o buenos contactos.

Para ello, como en casi todas mis notas, necesito incluir un consejo de mi Bobe Ana, simplemente porque ella, sin educación, sin saber el idioma y escapando de niña de una guerra, supo cambiar su destino, formar a sus tres nobles y laburantes hijos, casi sola, de forma magistral y con un mandato: que ninguno de nosotros, más allá de las circunstancias, pierda su libertad de decisión. Decía ella: "En los peores momentos de la vida, siempre imploré por la libertad de decidir cómo vivir, y cuando mi Dios lo disponga, cómo dejar de hacerlo".

Ella estaba orgullosa de sus nietos, todos profesionales. Yo, el más chico entre ellos, había aprendido de finanzas. Y ella me confió sus pocos ahorros.

Un día, sabiendo yo que a ella no le quedaba mucho tiempo, la fui a ver para contarle que había logrado ganarle algún dinero extra y decirle que por favor lo disfrutase, que se trataba de un premio. Les quiero replicar aquel diálogo:

-Bobe, es un ingreso extra. ¿Por qué no hacés un viaje?

-Ingale (manera cariñosa de decir querido muchachito en yidish), vengo de un viaje, disfruto más el estar aquí...

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