Una fiesta que apenas duró unas pocas horas

Al principio, antes de que el caos, la violencia y los se apropiaran del centro porteño, no hubo ni una sola lágrima. Ni un dejo de tristeza. Ni siquiera un resabio de congoja por la ilusión arrancada de raíz. El Obelisco, adonde apenas terminada la final eufóricos, que quizá por primera vez en la historia de un Mundial "apadrinaban" una derrota que no era vivida como tal, celebraba con un orgullo desbordado la heroica actuación de la selección nacional.El plantel argentino, vitoreado y reconocido durante las primeras horas en las calles como un conjunto de auténticos gladiadores, de guerreros sin reposo, había logrado contagiarle a la hinchada porteña ansias de celebrar. Aquellos valores y ejemplos que se vieron en el Maracaná, con la fuerza de unión de equipo, el combate descarnado ante la adversidad, el fair play y un hambre de gloria que un resultado adverso no pudo siquiera opacar eran vividos con auténtica alegría. El fútbol había logrado anoche la proeza de volver a unir a todo un país.Al menos así lo había entendido una hinchada movilizada por una euforia agridulce, que pacíficamente agitaba banderas, entonaba cánticos y bailaba entre la multitud. Festejaba, apenas terminada la contienda, lo conseguido por el equipo albiceleste tras 24 años de espera. No se trataba de una negación mancomunada. Tampoco de un consuelo por saberse subcampeones en un Mundial: todos los testimonios recogidos por LA NACION durante las primeras horas habían medido la derrota de ayer con los ojos de quien era capaz -quizá por primera vez en la historia de un Mundial- de observar el vaso medio lleno. De sopesar el esfuerzo y valorar un trabajo cimentado a partir de la humildad y una entrega total.Es verdad que nadie se había preparado para un fracaso. Que la ilusión del triunfo era inmensa y se había extendido a todo el país. Pero aun así una sana algarabía popular le había ganado anoche -por un rato- la pulseada a la desazón de un segundo puesto. Puede sonar paradójico. Pero eso fue lo que se vivió anoche hasta cerca de las 22 en la 9 de Julio, con una marea humana convertida en un pogo gigantesco, que bailaba, cantaba y lanzaba papelitos de los balcones. La postal era la de una gran fiesta: familias empujando cochecitos arropados con el pabellón nacional, abuelos soplando junto a sus nietos vuvuzelas y trompetas, agotando entre los puesteros el remanente de cotillón en las calles.Apenas Alemania se coronó campeón del mundo, huestes de hinchas salieron a copar las calles...

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