El férreo desvelo por crear áreas protegidas

 
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Desencantado del mundo empresarial por su desaprensión con el medio ambiente, Douglas Tompkins se convirtió un día, en los años 90, en uno de los mayores terratenientes con fines de conservación del mundo. Entre la Argentina y Chile poseía más de 800.000 hectáreas de tierras agrestes que, en su mente, podían convertirse en la extensión de parques nacionales, en la creación de otros, en corredores verdes o en futuras reservas. Paciente, esperaba que se dieran las condiciones políticas necesarias para obtener de los gobiernos el compromiso de la protección de cuanto donaba. Y si esa voluntad no existía, esperaba los cambios de gobierno y volvía a acercar sus propuestas. Ése era el esquema alrededor del cual se movía, con suerte dispar. Solía decir que en la Argentina había mayor visión ecológica que en Chile, tal vez porque durante el gobierno kirchnerista fue Néstor Kirchner quien aceptó su primera donación.

Del otro lado de la Cordillera, sus dominios sumaban unas 500.000 hectáreas, lo que generaba sospechas y quejas entre grupos nacionalistas, atentos al dominio de vastas porciones de tierra en manos extranjeras.

En el país, sus extensiones de tierra sumaban 300.000 hectáreas, repartidas entre la Patagonia, Entre Ríos, Corrientes y Misiones.

Sin embargo, no todas sus posesiones se destinaban a la creación de parques nacionales. Tompkins también poseía campos de actividad agrícola y ganadera, donde ensayaba prácticas orgánicas experimentales y ganadería de pasturas, convencido de la necesidad filosófica de volver a las fuentes no sólo para la alimentación humana, sino también para recuperar la salud de los suelos...

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