Etica Global y Derechos Humanos I

Autor:Mirador Internacional
RESUMEN

Mensaje pontificio a de la Asamblea General de Naciones Unidas

 
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El Papa a los líderes mundiales: “recuperad los nobles principios que fundaron la ONU”

17 de septiembre de 2008 (ZENIT.org).- Ofrecemos a continuación el texto completo del telegrama enviado por el Secretario de Estado, cardenal Tarsicio Bertone, en nombre del Papa a los participantes en el encuentro de oración con motivo de la apertura de la LXIII Sesión de la Asamblea General de la ONU.

Su Santidad el Papa Benedicto XVI envía un saludo cordial a todos los participantes en el encuentro de oración en el umbral de la 63 sesión de la Asamblea General de las Naciones Unidas. Se une a los miembros de la comunidad diplomática y a los oficiales de las Naciones Unidas presentes, implorando del Dios Todopoderoso la guía y la fuerza necesarias para realizar las urgentes tareas que afrontarán las Naciones unidas en los próximos meses, incluyendo la implementación continua de los objetivos de desarrollo del Milenio, el programa NEPAD y otras iniciativas destinadas a asegurar que toda la familia humana participa en los beneficios de la globalización.

Recordando con gratitud su anterior visita a la Asamblea del pasado abril, con ocasión del sexagésimo aniversario de la Declaración Universal de los Derechos Humanos, Su Santidad renueva su llamamiento a los líderes internacionales para que vuelvan a apropiarse de la noble visión moral y los principios trascendentales de la justicia encarnados en los documentos fundantes de las Naciones Unidas.

Con estos sentimientos, el Santo Padre invoca sobre todos los que la esperan la abundancia de las bendiciones divinas, confiando en que estos momentos de reflexión y oración refuercen su compromiso de defender la dignidad de cada persona humana y de construir un mundo donde haya más solidaridad, libertad y paz.

Cardenal Tarsicio Bertone

A la Asamblea general de Naciones Unidas, 18 de abril de 2008

Viernes 18 de abril de 2008

Señor Presidente,

Señoras y Señores:

Al comenzar mi intervención en esta Asamblea, deseo ante todo expresarle a usted, Señor Presidente, mi sincera gratitud por sus amables palabras.

Quiero agradecer también al Secretario General, el Señor Ban Ki-moon, por su invitación a visitar la Sede central de la Organización y por su cordial bienvenida. Saludo a los Embajadores y a los Diplomáticos de los Estados Miembros, así como a todos los presentes: a través de ustedes, saludo a los pueblos que representan aquí. Ellos esperan de esta Institución que lleve adelante la inspiración que condujo a su fundación, la de ser un «centro que armonice los esfuerzos de las Naciones por alcanzar los fines comunes», de la paz y el desarrollo (cf. Carta de las Naciones Unidas, art. 1.2-1.4). Como dijo el Papa Juan Pablo II en 1995, la Organización debería ser “centro moral, en el que todas las naciones del mundo se sientan como en su casa, desarrollando la conciencia común de ser, por así decir, una ‘familia de naciones’” (Discurso ante la Asamblea General de las Naciones Unidas, Nueva York, 5 de octubre de 1995, 14).

A través de las Naciones Unidas, los Estados han establecido objetivos universales que, aunque no coincidan con el bien común total de la familia humana, representan sin duda una parte fundamental de este mismo bien. Los principios fundacionales de la Organización –el deseo de la paz, la búsqueda de la justicia, el respeto de la dignidad de la persona, la cooperación y la asistencia humanitaria– expresan las justas aspiraciones del espíritu humano y constituyen los ideales que deberían estar subyacentes en las relaciones internacionales. Como mis predecesores Pablo VI y Juan Pablo II han hecho notar desde esta misma tribuna, se trata de cuestiones que la Iglesia Católica y la Santa Sede siguen con atención e interés, pues ven en vuestra actividad un ejemplo de cómo los problemas y conflictos relativos a la comunidad mundial pueden estar sujetos a una reglamentación común. Las Naciones Unidas encarnan la aspiración a “un grado superior de ordenamiento internacional” (Juan Pablo II, Sollicitudo rei socialis, 43), inspirado y gobernado por el principio de subsidiaridad y, por tanto, capaz de responder a las demandas de la familia humana mediante reglas internacionales vinculantes y estructuras capaces de armonizar el desarrollo cotidiano de la vida de los pueblos. Esto es más necesario aún en un tiempo en el que experimentamos la manifiesta paradoja de un consenso multilateral que sigue padeciendo una crisis a causa de su subordinación a las decisiones de unos pocos, mientras que los problemas del mundo exigen intervenciones conjuntas por parte de la comunidad internacional.

Ciertamente, cuestiones de seguridad...

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