Los espacios culturales hacen malabares para llegar a fin de mes

 
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Las lucecitas que cuelgan del techo e iluminan tenuemente los murales de las paredes visten el lugar. Como si no existiera el tiempo, los espectadores se acomodan en sillas de todo tipo, tamaño y color, dispuestas alrededor del escenario. El público con su actitud paciente forma parte del decorado de la obra que está por comenzar.

"Los espacios que buscan darle lugar a una estética independiente son cada vez más. Aunque no tenemos cifras exactas, existen más de 300 centros culturales en la ciudad de Buenos Aires", cuenta el fundador del club cultural Matienzo e integrante del Movimiento de Espacios Culturales y Artísticos (MECA), Claudio Gorenman.

La infinidad de estos espacios que albergan la movida cultural surgieron después de la tragedia de Cromagnon en 2006 y se mantuvieron luego del derrumbe del boliche Beara en 2010.

Si bien la Constitución de la ciudad de Buenos Aires garantiza en su artículo 32 la apertura y protección de espacios culturales, estos no tenían una ley que los amparara sino hasta fines del 2014.

Recién el último 18 de diciembre, luego de los reclamos de Cultura Unida, una organización que agrupa a distintos movimientos del sector cultural, y el apoyo de 30.000 firmas, la Legislatura porteña aprobó, por unanimidad, una ley que crea la figura legal del centro cultural.

Sin embargo, todavía no entró en vigencia porque aún falta modificar el código de planeamiento urbano.

Las características que más se destacan en el funcionamiento de los centros culturales son la informalidad y la improvisación. Es que los proyectos nacen sin un modelo económico. Se van armando sobre la marcha, adaptándose a la habilitación que tienen.

El Universal, por ejemplo, es un espacio cultural que nació hace poco más de un año y funciona con la habilitación de la ley de teatro independiente. El espacio, ubicado dentro de un pasaje, paga sus gastos con lo que recauda de la barra y el 20 % del valor de las entradas (el 80 % restante está destinado a los artistas).

"Con el fin de respetar la normativa de seguridad y evitar clausuras y multas innecesarias, que pueden ser muy costosas, restringimos nuestra capacidad a menos de 100 personas", cuenta Maia Loy, directora de programación de El Universal.

Cada centro cultural es un mundo. Los modelos de gestión se arman con la única pretensión de llegar a fin de mes.

El Emergente, un espacio cultural de Abasto, logró bajar sus gastos compartiendo el lugar con un club de abuelos que abre en el mismo lugar...

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