¿Para quién escribimos entonces?

 
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En Un arte espectral , un libro de Norman Mailer sobre el oficio de escribir, leí un párrafo que me permitió asomarme a las razones ocultas de un malestar persistente. Es un poco largo, pero vale la pena: "Si haces avanzar una idea tanto como puedes y es tomada y mejorada por alguien que discutirá del lado opuesto, entonces has mejorado la mente de tu adversario. Sin embargo, llegará alguien que tomará la mejora de tu idea de tu oponente y la llevará más alto desde tu lado. La democracia es la encarnación palpitante de la dialéctica: tesis, antítesis, síntesis dispuesta a convertirse en nueva tesis".Nadie podría acusar a Mailer de ingenuo. El proceso que describe, con las impurezas y las limitaciones propias de la condición humana, se ha verificado en las comunidades más diversas a lo largo del tiempo. De la contradicción nace la colaboración. Hubo momentos de nuestra historia, y no tan lejanos, en los que los argentinos pudimos confirmar esta ley y vivir bajo su amparo. Pero hoy, si nos atenemos a la descripción de Mailer, está claro que no vivimos una democracia.Los males que nos aquejan son muchos y graves: la inflación, la inseguridad, el padecimiento del transporte público, la corrupción, la cooptación del Poder Judicial, la cruzada oficial contra la prensa crítica (a la que ahora se la busca asfixiar quitándole, por medio de la extorsión y el miedo, la publicidad privada). Sin embargo, lo que contamina la convivencia como una nube invisible que vuelve tóxico el aire que respiramos es el uso de la palabra como mero instrumento de aniquilación.En lugar de hospedar ideas, hoy aquí las palabras son armas. Lo que vale es su poder letal. Las razones y los argumentos que describen, por más lúcidos que sean, carecen de importancia, porque no hay nadie del otro lado dispuesto a escucharlos. Así, la palabra es apenas una ganzúa que permite violar y vencer todo obstáculo que se interponga...

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