Un encuentro más allá de las distancias

 
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"El bosque/ indiferente a la historia/ como una piedra imperturbable/ repite/ con entusiasmo febril/ la vieja historia/ de la puesta de sol". Hasta ahí, las palabras. Junto a ellas, la acuarela. El atardecer, que no es rojizo, sino de un fuego anaranjado y ámbar; los trazos de un pino como en fuga, abrigo de unos pájaros que no se ven, pero se intuyen y que, ellos también, despiden al día. Las palabras son de John Berger; las pinturas, de Leticia Ruifernández, y el volumen en el que se encuentran es la reedición de Y nuestros rostros, mi vida, breves como fotos, que recientemente publicó Nórdica Libros.Allá por 2000, Berger, escritor británico radicado en Francia, y Ruifernández, artista española, se habían encontrado en Madrid, durante la presentación de un libro. Se conocieron, charlaron, y entablaron una amistad a la que poco le importaban los 50 años de diferencia que mediaban entre los dos. En enero de 2017, la noticia de la muerte de Berger le llegó a Leticia mientras trabajaba en las ilustraciones de Y nuestros rostros..., texto de mediados de los 80 que estaba en el germen de su intercambio con el escritor.Paso las hojas de esta última edición del libro. Asisto no solo a la cálida hondura que siempre me conmovió en Berger, sino también a la impronta delicada de Ruifernández. Palabra e imagen. Encuentro las huellas de un diálogo, el que por años mantuvieron los dos, y eso está muy bien. Porque si de algo se trata Y nuestros rostros... es del nada evidente prodigio de estar y brindarse, y volver a estar.El libro es algo así como un Berger en estado puro. Hay poemas, ensayos breves, algún relato; reflexiones sobre el amor, sobre el tiempo, la muerte, el arte, el núcleo duro, material y político de la humanidad; la urdimbre, también profunda, de una suerte de espiritualidad laica.Berger -que, se sabe, vivía en un pueblo de los Alpes franceses- habla de las lilas. Ruifernández las recrea. Él describe las que están en el campo, las que asoman en una jarra en el alféizar de una ventana de su casa; descansa en la femineidad de esas flores, se...

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