Martín Palermo: la emotiva despedida del gigante de la Bombonera

 
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Son las 22.55. Los fuegos artificiales vuelan, cuando el superhéroe (vestido como tal, premio de una aventura solidaria) ensaya una simbólica vuelta olímpica, empapado en lágrimas, sudado de emoción. Parece ser el final de una historia de amor, la de Martín Palermo con el gol, la del gran artillero con Boca, la del Titán con la Bombonera. Allí es cuando, en realidad, el tiempo se transforma: no es el final, apenas el principio de la leyenda. El arco que da a la tribuna local, grabado su nombre en el travesaño, ya es suyo: le pertenece. El señor gol se merece el arco. El bronce es suyo. Las imágenes se suceden: videos emocionantes, lanzado al aire por sus compañeros, el abrazo familiar. La Bombonera, una noche de junio, fue suya. De nadie más.La muestra precisa de la efervescencia xeneize por el ídolo tuvo su paso a paso, como si se tratase de capítulos de otra novela, única e irrepetible. Tanta locura hubo que el ómnibus que llevó al plantel a la Bombonera desde un lujoso hotel de Puerto Madero no pudo trasladarse por los caminos lógicos, ya que la gente quiso ser protagonista desde bien temprano, con su propia caravana militante. A las 18.20 salió del hotel y llegó a las 19.10, un trámite que suele tardar unos 20 minutos, a lo sumo. Aplausos, gritos, amor genuino expresado en más de una lágrima perdida en el viento, acompañaron el andar de un equipo de deslucida campaña, sólo motivado por la historia viva del gran artillero. Como si fuese un campeón. A las 19.14 ingresó en el vestuario por última vez. Ese vestuario que conoce como si fuese su cuarto. Ese olor, sabe Martín, ya no estará más impregnado en su cuerpo, sólo él sabe de epopeyas no tan lejanas, recostado sobre esos rincones que ya debe añorar. Pasó por una hilera mágica, escoltado por todos, en un vallado para la ocasión. Lloraba Martín. Las lágrimas que enjuagaban sus ojos fueron eso: gratos recuerdos.Siempre cerca de su hijo Ryduan, miró cada rincón como si se despidiese de la historia misma. Tal vez, más de un gol habrá pasado en su evocación, más de una celebración aún debe andar dando vueltas. Se puso la camiseta con el 9 dorado, el único, el especial, diferente a todos. Miraba sin ver a sus compañeros que lo saludaban, cuando se calzaban, orgullosos, la cinta inolvidable: "Se va Palermo, 12 de junio de 2011". Le costaba respirar, verdaderamente le costaba el acto reflejo esencial en ese momento en el que pisó por última vez el templo, la Bombonera, cubierta y feliz, como hacía demasiado...

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