'Dios estuvo de nuestro lado'

 
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Fue una explosión. Después, otra. Y las paredes comenzaron a vibrar. Eran alrededor de las 13.15 de ayer cuando mi casa empezó a dar gruñidos similares a los que uno suele imaginar que produce un sismo o, en el mejor de los casos, la fuga y voladura por los aires de varias calderas al mismo tiempo.Tal vez por tanto trabajo periodístico acumulado durante años, la primera reacción fue abrazar a mi esposo y a mi hijo debajo del marco de una puerta, guarecernos del terremoto? de la caldera? ¿de qué?Aunque ansiosamente largos, fueron muy pocos segundos hasta que vimos cómo desde más arriba de nuestro balcón comenzaba a caer una lluvia de gruesos cascotes, de mampostería, de pedazos de árboles. Una espesa y pesada tormenta de un cielo implacable.La verificación rápida de que ni un terremoto ni un calefón hacen llover losas nos hizo pensar que algo muy extraño se estaba desmembrando sobre nuestro edificio.Ponernos apenas los calzados, aupar al perro y bajar a la carrera los cinco pisos por escalera nos dejó sin más escala que en una vereda llena de polvo y restos de material. Gente asustada, que gritaba y maldecía a un cielo que, después supimos, poco tuvo que ver con el siniestro.La razón fue menos celestial. Fue material y descaradamente negligente: una grúa de unas 60 toneladas que trabajaba en una megaobra para la construcción de dos torres se había desplomado como un castillo de naipes...

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