El dilema de los zoológicos

 
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Hubo una época en la que el zoológico porteño era de acceso libre. Bastaba con atravesar distraídamente su portal para encontrarse de inmediato con la tranquilidad rosácea de los flamencos que mojaban sus patas en su laguito artificial. No era obligatorio remontar todo el circuito para hacer valer la histeria de una entrada. Era, simplemente, un espacio público donde no resultaba disparatado entretener un tiempo de espera (ahí me llevaban una vez por semana, si el día lo permitía) entre dos actividades extracolegiales. No recuerdo que la proximidad de los elefantes o las jirafas me causara algún precoz dilema moral. Al contrario, se veían apacibles en sus respectivos recintos. La posibilidad de tenerlos al alcance de la mano, sin la mediación del cine o de la televisión, alentaba por lo demás la consulta de enciclopedias que describían detalladamente sus características y los volvían todavía más singulares. La única excepción tal vez fueran los monos: su afinidad como primates me recordaba que pasaba la mayor parte del día en un estrecho departamento de nuestra humanológica ciudad.

La clausura abrupta del zoológico -y la promesa de su conversión en ecoparque- implica un problema que excede largamente la ambigüedad de esos recuerdos. En sus orígenes europeos, esa clase de parques se dedicaron a exhibir su fauna exótica como reflejo del dominio imperial del mundo. Los estilos edilicios de su encarnación local -la belleza de su pagoda hindú o sus arcadas árabes- llevan la impronta victoriana de sus comienzos y parecen obligarnos a juzgarlos con la vara retroactiva del pasado. En realidad, los zoológicos del mundo siguen exponiendo crudamente lo que la humanidad hace con la naturaleza, a la que sigue tratando como si fuera su propiedad, pero hace décadas que dejaron de ser un simple paseo recreativo para convertirse, como si buscaran compensar su pecado original, en centros clave de estudio y conservación. Un ejemplo modelo es el Zoologischer Garten de Berlín, otro establecimiento instalado en el corazón de una ciudad, que fue en su momento clave para la protección del oso panda, una especie a la que le cuesta especialmente reproducirse. Es la paradoja de los zoológicos de hoy: no son tanto un problema como una forma vicaria de la responsabilidad.

Como tantas veces, en materia de desidia la excepción parece ser argentina. En vez del compromiso con los animales a los que debería cuidar un zoológico que cumpla...

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