El desafío de la equidad en un mundo globalizado

RESUMEN

La cuestión de la equidad en nuestro mundo globalizado es una cuestión de vital importancia (...)

 
EXTRACTO GRATUITO

La cuestión de la equidad en nuestro mundo globalizado es una cuestión de vital importancia, porque vemos que al interno de las naciones y entre los pueblos, las interdependencias crecientes provocadas por la globalización en curso, en muchos casos no han contribuido a ella, más bien han producido inequidad; viejas y nuevas pobrezas siguen asediando y afligiendo a los hombres y a los pueblos. Sería necesario presentar aquí un tratado sobre la globalización, sus causas y sus consecuencias, pero creo que la mayor parte de los que estamos aquí tenemos un concepto -más o menos claro de lo que ésta represente -. Al relacionarla con la cuestión de equidad, pienso que no me equivoco si afirmo que -tanto a nivel local, nacional y mundial- las situaciones de exclusión y marginalización, tienen mucho que ver con la política, con lo que hace o deja de hacer, es por ello que deseo concentrar mi reflexión proponiendo algunos puntos concretos sobre el argumento. Muchos de ellos son fruto de un importante Seminario Internacional, organizado en junio pasado por el Pontificio Consejo «Justicia y Paz» que presido.

Quiero iniciar afirmando, con las palabras de Pablo VI, que la política es para los cristianos una forma exigente de la caridad. Esta afirmación me parece de suma importancia, puesto que se ha difundido -y pienso que no me equivoco si digo que en todos los países- entre la opinión pública, una actitud de antipolítica y, entre muchos observadores, la percepción convencida de la profunda crisis que la sacude, fruto de una compleja serie de factores.

La Iglesia no puede desinteresarse de esta crisis y afronta la cuestión, dejándose guiar por su doctrina social. La Iglesia no hace política, pero posee una doctrina iluminadora sobre la política, capaz de desatar algunos de los intricados nudos que le impiden ejercer su auténtica función, es decir de proporcionar a la convivencia humana una arquitectura marcada por el bien común.

Se trata también, en cierta manera, de una doctrina sorprendente, sobre todo por el marco refinado en el que se inscribe el tema de la política y de la comunidad política. Leyendo la Gaudium et spes, en efecto, quedamos inmediatamente sorprendidos por un hecho: la comunidad política no se trata por separado, en sí misma, sino dentro del designo de Dios sobre la humanidad y dentro de la relación entre la Iglesia y el mundo. La doctrina social parece sugerirnos que sólo bajo esta luz es posible darse cuenta plenamente de que cosa es la comunidad política y de la vocación de cada cristiano y de las comunidades cristianas con respecto a ella. No se puede comprender el sentido y el fin de la comunidad política si no se considera el amor de Dios por el hombre, la «única criatura terrestre a la que Dios ha amado por sí mismo» (Gaudium et spes, 24). Esto provoca que el hombre emerja por encima de las estructuras: él asume tal dignidad que «el principio, el sujeto y el fin de todas las instituciones sociales es y debe ser la persona humana, la cual, por su misma naturaleza, tiene absoluta necesidad de la vida social» (Gaudium et spes, 25). Así, la primera contribución que la Iglesia ofrece a la comunidad política es de tipo religioso y conforme a la misión que le es propia: conservar y promover en la conciencia común el sentido de la «trascendente dignidad de la persona humana, anunciando la buena nueva del amor de Dios por el hombre, de lo positivo del orden de la creación -incluso gravado por el pecado-, de la grandeza de la encarnación y del sacrificio extremo sobre la Cruz. En el mensaje de Cristo, la comunidad de los hombres puede encontrar la fuerza para saber amar al prójimo «como a sí mismo», para combatir «todo lo que atenta contra la vida», para admitir la «igualdad fundamental entre los hombres», para luchar contra «toda forma de discriminación», para superar «una ética puramente individualista». «La criatura -afirma la Gaudium et spes- sin el Creador desaparece» (n. 36).

La primera contribución de la Iglesia a la convivencia social y política es anunciar, celebrar y testimoniar estas verdades y, de esta manera, imprimir en los corazones el amor por el hombre, es decir, la caridad. No es ciertamente una misión de orden social y político, pero indudablemente de enormes influjos en el ámbito político.

En diversas partes del mundo, prácticamente en todos los países que se definen democráticos, se nota hoy una notable discusión sobre la laicidad. Ésta, con...

Para continuar leyendo

SOLICITA TU PRUEBA