El cristinismo busca votos para una amnistía general

El primer año de gestión presidencial de concluye con los mismos interrogantes con los que se inició en torno de las tensiones políticas derivadas de su peculiar relación con la vicepresidenta de la Nación. A comienzos de esta última semana, el Presidente pareció ponerle por primera vez un límite a tras el ultimátum vicepresidencial que exigía cambios en el gabinete. Después del castigo epistolar de la mentora de su candidatura presidencial contra "funcionarios que no funcionan" o de su más reciente invocación en el Estadio Único de La Plata para que aquellos ministros y ministras que tengan miedo "vayan a buscar otro laburo", el primer mandatario respaldó públicamente a todos sus colaboradores ministeriales.El malestar de algunos funcionarios con Cristina Kirchner se tornó más notorio que nunca. No solo creen que la vicepresidenta desvirtuó un acto que había sido pensado para transmitir unidad en la coalición oficialista, sino que volvió a desgastar al Presidente. Y las operaciones de alcahuetismo vicepresidencial, como la de acusando al vocero presidencial de no aplaudir a la expresidenta o la del diputado Nicolás Rodríguez Saá fustigando a por "reírse" de Cristina, terminaron por acentuar las malquerencias, al margen de traslucir el rostro autoritario de un sector para el cual no venerar a la jefa implica un sacrilegio y responder a sus cuestionamientos, una traición.Esta vez Alberto Fernández reaccionó con mayor rapidez que otras veces. Pero no se animó a ratificar a su gabinete en el mismo acto de La Plata, delante de su vicepresidenta, sino que esperó varios días. Cabe preguntarse cuánto hubiese durado, con Néstor o Cristina Kirchner al frente del Poder Ejecutivo Nacional, un vicepresidente que se plantara con un discurso tan voraz como el que la expresidenta le hizo escuchar en La Plata al jefe del Estado.Preservar la coalición gobernante, contener a todos sus integrantes, parece ser el objetivo central del primer mandatario. El problema es que, en un sistema tradicionalmente hiperpresidencialista como el argentino, Alberto Fernández es visto con demasiada frecuencia como un simple apoderado de Cristina. La propia vicepresidenta quisiera verlo, en el mejor de los casos, como una suerte de CEO sujeto a un board que ella cree liderar en forma absoluta en tanto dueña de la mayoría de los votos.Mientras la ciudadanía y quienes toman decisiones vitales para la economía del país tratan de develar si están frente a un presidente o ante un...

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