Cristina abre su cementerio de ideologías

Un fugitivo venezolano llega a una isla asolada por una extraña peste, y al tiempo descubre a un grupo de personas que repiten cíclicamente las mismas escenas. Testigo oculto, el náufrago apunta en su diario el asombro que le provoca esa situación y la belleza de una dama, Faustine, que contempla lánguidamente los crepúsculos. El fugitivo se enamora, y logra al fin dilucidar que ni ella ni sus compañeros son seres humanos de carne y hueso, sino proyecciones del pasado y, por lo tanto, fantasmas inducidos. Resulta que el antiguo dueño de la isla era un científico y creó un revolucionario mecanismo de grabación tridimensional y reproducción perpetua; la novela fue publicada en 1940 y se dice que aquella ocurrencia anticipa el holograma. Pero Bioy Casares no tenía intenciones proféticas, sino fantásticas: leí por primera y única vez La invención de Morel a los quince años, y la recuerdo siempre como una trama perturbadora, y sobre todo como una dolorosa novela de amor. De todas sus peripecias y metáforas, siempre me quedó aquella realidad repetida y aquel pobre náufrago, el único personaje real, que se resigna a entrar en ella para hablarle y sollozarle a su amada impertérrita e incorpórea. "La eternidad rotativa puede parecer atroz al espectador; es satisfactoria para sus individuos. Libres de malas noticias y de enfermedades, viven siempre como si fuera la primera vez", anota el protagonista. La célebre parábola de Bioy me vino a la mente cuando sugirió en público que su "pupilo" había sido votado por la supuesta evocación popular de su magnífica gestión económica. Que la vicepresidenta propone ahora como modélica y que ordena imitar. Esa alusión, despojada de cualquier análisis político, demuestra que la Pasionaria del Calafate posee su propia isla, donde se repite eternamente la misma proyección y donde ella sigue hablando con aquellos felices hologramas de sus "días dorados". Un territorio ilusorio y pretérito, que necesita rehabilitar y donde quedó estacionada para toda la eternidad, como Faustine. Aquel mundo ya no existe, y las condiciones macroeconómicas de las que disponía entonces fueron dilapidadas por Axel para evitar, entre otras cosas, el aumento de tarifas, llegar con lo justo y pasarle el pagadiós a la próxima gestión. Durante esa operación elusiva e irresponsable, se patinaron al menos veinticinco mil millones de dólares y entregaron todas las cajas vacías. Después se sentaron a ver cómo sus sucesores hacían la imprescindible...

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