La crisis de siempre, pero muy distinta

 
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Otra vez, muchos de los que contamos con algunas décadas de vida empezamos a sentir que vivimos en el país del eterno retorno. Han vuelto a dominar la escena muchos de los viejos actores, dispuestos a cumplir con su papel en un argumento al que parecemos condenados a regresar cada vez que los guionistas perciben que el poder, el verdadero, empieza a escapárseles de las manos. Los privilegios de la Argentina corporativa están muy enraizados. Y alcanzan a muchos, demasiados, no sólo a la élite política, sindical y empresarial que los ha venido administrando durante décadas para quedarse con la parte del león y distribuir las migajas. Son el sedimento de décadas de corrupción y clientelismo, y la verdadera razón de los índices de pobreza que han mantenido en la exclusión a argentinos de varias generaciones.

Otra vez, los que se arrogan la representación del pueblo y no han hecho otra cosa que enriquecerse a su costa salen a cortar el brote que podría representar la posibilidad de un cambio. Otra vez, no están dispuestos a correr riesgos ni a que dejemos de juzgarlos imprescindibles, y menos aún a permitir que los votantes adviertan que son ellos mismos el corazón del mal que dicen combatir. Ésa es la razón de su falta de paciencia. No pueden esperar. Sacan a la calle a los condenados a vivir de las migajas para que todo se repita una vez más y nada cambie. Es la historia que ya vivimos.

Sin embargo, están pasando cosas que no pasaban en el país. Una de ellas es María Eugenia Vidal. Quizá porque la indigencia de las arcas públicas no le dejaron alternativa, o porque el reclamo de los maestros no abría la posibilidad de un acuerdo, o por convicción, o por una combinación de todas estas razones, la gobernadora respondió al desafío de Roberto Baradel de un modo inédito: agotadas las instancias de conciliación, aceptó pulsear con él. Tiene con qué hacerlo, pues goza de un activo del que carece la mayoría de los políticos: a ella se le cree. Con una mezcla irresistible de vulnerabilidad y fortaleza, representa la figura de aquel que se juega por sus principios. Vidal crece en la adversidad. Con su firmeza, puso de manifiesto la intransigencia de Baradel y sus verdaderos objetivos políticos. Jugada, con autoridad moral, Vidal se plantó a resistir la extorsión. Una resistencia análoga se vio anteayer. Afloró una militancia espontánea contra el paro. Algo inédito, también.

Están pasando cosas que no pasaban. La marcha del sábado último es otro...

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