Entre conocidos

NUEVA YORK.- En el más remoto de los atardeceres, un lobo se aventuró a merodear en las cercanías de esos seres extraños, homínidos capaces de maniobrar con el fuego, dejar enigmáticos trazos en las paredes de las cuevas, mirarse a los ojos y, además de aullar o gruñir, reír. El lobo, famélico por los rigores de la última glaciación, se acercó a husmear entre los restos de comida que los humanos dejaban a su paso. Tal vez fuera un lobezno; tal vez, del otro lado, el primero que se haya animado a tenderle la mano fuera también un cachorro. Un...

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