Cartografía, cultura y poder. A propósito del debate por el mapa bicontinental argentino (Ley 26651)

Páginas98-124
Fecha01 Enero 2022
Fecha de publicación01 Enero 2022
AutorErnesto Dufour,Ariel Hiram Triulzi
MateriaCiencias sociales
Malvinas en Cuesón | N.° 1 | 2022 | ISSN 2953-3430
Cartograa, cultura y poder: A propósito de las crícas al mapa
biconnental argenno (Ley 26651)
Ernesto Dufour y Ariel Hiram Triulzi
Malvinas en Cuesón, 1, e011, Arculos de invesgación, 2022
ISSN 2953-3430 | hps://doi.org/10.24215/29533430e011
hps://revistas.unlp.edu.ar/malvinas
Universidad Nacional de La Plata
La Plata | Buenos Aires | Argenna
Cartografía, cultura y poder
A propósito de las críticas al mapa bicontinental
argentino (Ley 26651)
Resumen
El presente artículo analiza un conjunto de notas de opinión publicadas en los
principales diarios argentinos (La Nación, Clarín, La Voz, Perfil y La Capital) a
partir de la sanción de la Ley Nacional 26651 del año 2010, que estableció el
mapa bicontinental como nueva cartografía oficial argentina. El tono
fuertemente crítico predominante respecto del nuevo mapa incluye como
común denominador cuestionamientos sobre dos dimensiones. Una, referida a
aspectos técnicos centrados en los conceptos de escala e implantación de
símbolos cartográficos que configurarían un país virtual antes que real. Y otra,
con foco en las premisas ideológicas que sustentarían la nueva cartografía,
vinculada al nacionalismo territorial de carácter retrógrado y enfermizo, según
la terminología utilizada. Estos argumentos tuvieron gravitación en ámbitos de
profesores de Geografía, que tendieron a resistirse a su utilización recurriendo
a esas mismas consideraciones.
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Esta obra está bajo una Licencia Creave Commons
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Ernesto Dufour
dufour.e@gmail.com
https://orcid.org/0000-0002-6818-0189
Observatorio Malvinas. Universidad Nacional de Lanús. Argentina
Ariel Hiram Triulzi
aritriulzi@gmail.com
Instituto de Formación Docente Continua de San Luis. Argentina
Cartography, Culture and Power
With Regard to Criticism of the Argentine Bicontinental Map (Law 26651)
Malvinas en Cuesón | N.° 1 | 2022 | ISSN 2953-3430
El trabajo interpela en perspectiva epistemológica tales aseveraciones desde
las herramientas de la geografía contemporánea en su giro político y cultural.
Desde el horizonte teórico propuesto es posible generar una ruptura con la
concepción de la cartografía asumida como mímesis de la realidad tanto como
con el intento explícito de inscribir el mapa bicontinental dentro de una matriz
política autoritaria.
Palabras clave
Mapa bicontinental, imágenes cartográficas, soberanía, desmalvinización
Abstract
This article analyzes a set of opinion pieces published in the main Argentine
newspapers La Nación, Clarín, La Voz, Perfil and La Capital, from the
enactment of national Law 26651 in 2010, that established the bicontinental
map as the new Argentine official cartography. The strongly critical tone that
predominates regarding the new map includes as a common denominator
questions about two dimensions. On the one hand referring to technical aspects
centered on the concepts of scale and implementation of cartographic symbols,
that would configure a virtual country rather than a real one. On the other hand
it focuses on the ideological premises that would sustain the new cartography,
linked to territorialist nationalism of a retrograde and sickly nature, according to
the terminology used. These arguments had gravitation on geography teachers
who tended to resist their use, resorting to those same considerations. This
analysis challenges such assertions from an epistemological perspective,
bringing to bear the tools of contemporary geography in its political and cultural
shift. From the proposed theoretical horizon it is possible to generate a rupture
both with the conception of cartography assumed as a mimesis of reality and
with the explicit attempt to inscribe the bicontinental map within an authoritarian
political matrix.
Keywords
Bicontinental map, cartographic images, sovereignty, demalvinization
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El cartógrafo anota lo que le interesa, en dónde hay agua, si el agua es
navegable, potable, útil, dónde están los puertos, cómo están dispuestos los
obstáculos, los pasos naturales, la calidad de las tierras, la población, sus
defensas. Hacer un mapa es dibujar el teatro en donde el autor proyecta
realizar un sueño, por eso siempre es mejor guiarse por mapas hechos por
nosotros mismos. Si el mapa que seguís no es el tuyo es posible que, sin
darte cuenta, termines trabajando para el sueño de otros.
Julio Cardoso (2013)
Introducción
A partir de la sanción de la Ley Nacional de Carta 26651 en el año 2010,
que establece la obligatoriedad de la utilización del mapa bicontinental en
el sistema educativo y su exhibición en todas las reparticiones públicas y
organismos del Estado en tanto nueva cartografía oficial, se publicaron
numerosas notas de opinión y otros artículos en los principales periódicos
nacionales como La Nación, Clarín, La Voz, Perfil y La Capital, donde
esgrimieron sus puntos de vista reconocidos geógrafos y algunos
historiadores del sistema científico nacional.
El conjunto de notas seleccionadas tiene como común denominador un
posicionamiento fuertemente crítico respecto del mapa bicontinental, al
vincular la nueva cartografía a la persistencia del ideario nacionalista,
caracterizado como retrógrado y militarista.
Las críticas apuntan, asimismo, a cuestiones de índole técnica centradas
en la escala adoptada en la confección del nuevo mapa que, a diferencia
del mapa tradicional, incorpora el sector antártico argentino en la misma
escala cartográfica que el resto del territorio nacional. Así como también, al
modo de implantación de los símbolos cartográficos sobre espacios donde
la Argentina no ejerce soberanía plena o efectiva (Islas Malvinas, Georgias,
Sandwich, espacios marítimos circundantes y Antártida).
Sin embargo, el foco central de las críticas gira en torno a las premisas
ideológicas que orientarían el diseño y la implementación de la nueva
cartografía oficial en el marco de lo que se asume como un nacionalismo
territorial enfermizo (Cicalese, 2015, s. p.), que busca justificarse a través
del incremento territorial ante la pérdida de territorio en cotejo con la
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superficie del Virreinato del Río de la Plata, antecedente histórico-jurídico
de la República Argentina. Estas aseveraciones se encuentran en abierta
disonancia con los fundamentos desarrollados por el Instituto Geográfico
Nacional (IGN), autoridad de aplicación del nuevo marco legal. En el
documento Una nueva visión de la cartografía desde el Instituto
Geográfico Nacional”, el IGN, en pluma de su presidente, expresa:
Los mapas inciden sobre la manera de visualizar y entender el alcance
del territorio nacional, como así también sobre la construcción de la
identidad nacional. En este sentido, las que aparentemente son
decisiones estrictamente técnicas del campo de la cartografía en la
construcción de los mapas, implican en realidad, un universo de
tensiones, intereses y decisiones políticas que influyen decisivamente
en la construcción de los mapas que representan la soberanía de un
territorio (Cimbaro, 2014, p. 16).
La nueva imagen elaborada por el organismo estatal [Figura 1] asume
explícitamente la visión ético-política y geoestratégica que la sustenta. Lo
que suele aparecer como un dato inocente —el sentido político y
epistemológico constitutivo de toda producción cartográfica— es, en esta
oportunidad, puesto en circulación en la esfera pública como elemento de
reflexión y debate. Se destaca
así el papel de la cartografía
como genuina herramienta
político-cultural en el incesante
proceso de (re)construcción y
(re)apropiación de la identidad
nacional y su estrecha
vinculación con la cuestión
crucial de la soberanía, atributos
inherentes a la propia
constitución del Estado-nación
moderno.
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Figura 1. Mapa Bicontinental de la
República Argentina (2021). Instituto
Geográfico Nacional (IGN)
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Es llamativo el uso profuso de adjetivaciones de fuerte connotación
negativa respecto del mapa bicontinental al tratarse de notas de opinión
fundadas en el saber científico. El tono adoptado da cuenta de las
tensiones propias de la coyuntura política del momento en la que quedó
constreñida la cuestión nodal de la definición de la política cartográfica de
la República Argentina en tanto política de Estado de carácter basal. Un
contexto signado —no hay textos sin contextos— por la llamada grieta
entre el oficialismo de aquel entonces y la llamada prensa hegemónica a
través de la cual se aglutinaba la oposición al Gobierno. Las vicisitudes de
coyuntura obturaron la posibilidad de abrir un debate amplio e integral que
restituyera la riqueza y complejidad involucrada en la definición de la
política cartográfica del Estado junto a una reflexión de mayor alcance
respecto del propio estatuto científico del instrumento cartográfico.
Es posible, no obstante, encontrar otras claves interpretativas que explican
el posicionamiento refractario de importantes referentes de la geografía
académica hacia el nuevo mapa bicontinental y su implementación en el
ámbito educativo e institucional. Existen razones que explican los
cuestionamientos tajantes, vinculadas a la historia interna del campo de la
Geografía en la Argentina, en general, y en la Universidad de Buenos Aires
(UBA), en particular, en el marco de una sostenida repulsa intelectual hacia
el pensamiento geopolítico (Reboratti, 1983) y a los sectores vinculados a
la llamada geografía tradicional nucleados en la Sociedad Argentina de
Estudios Geográficos (GAEA), de fuerte presencia hasta finales de los
años ochenta y principios de los noventa en las currículas y manuales
escolares de la materia Geografía (Souto,1996; Iut, 2005; Cicalese, 2009).
Sin embargo, y más allá de cuestiones de coyuntura y de los factores
vinculados a la historia institucional de la geografía como disciplina —
aspectos sustantivos que no son objeto del presente artículo—, la
repercusión generada en los medios periodísticos masivos da cuenta del
propio estatuto epistemológico de la cartografía, que involucra múltiples
dimensiones que exceden por mucho los aspectos técnicos centrados en
los conceptos de escala, proyección y cuestiones vinculadas a la
semiología cartográfica (Quintero,1999; Hollman y Lois, 2013; Mazzitelli
Mastricchio, 2017).
La cuestión planteada trasciende una discusión de tipo teórico. Las críticas
vertidas tuvieron fuerte gravitación y efectos prácticos concretos al interior
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del sistema educativo —debido tanto a la masividad de los medios
periodísticos nacionales como a la legitimidad emanada de los importantes
referentes del saber universitario, autores de las notas de opinión— en
términos de la escasa incorporación del mapa bicontinental en las prácticas
áulicas1. Muy particularmente, en los ámbitos de profesores de Geografía,
quienes ofician de agentes primarios en la introducción del mapa
bicontinental en la escuela media, que han tendido a resistirse a su
utilización recurriendo, en muchos casos, a esas mismas consideraciones.
En los últimos años, y especialmente en el año 2022 en el que se
cumplieron los 40 años de la recuperación transitoria de Malvinas, se
desarrolló una paulatina —aunque intensa— reflexión en muchas
instituciones e instancias educativas acerca del tipo y modo en que el
sistema educativo nacional abordó pedagógicamente los contenidos sobre
Malvinas, Antártida y Atlántico Sur durante los años de posguerra2. Pese a
lo establecido por la Ley Nacional de Educación y la Disposición Transitoria
Primera de la Constitución de la Nación, que expresamente indican a
Malvinas como uno de los tres contenidos básicos comunes obligatorios
para todo el sistema educativo —junto con la integración regional
latinoamericana y la memoria del terrorismo de Estado—, la temática ha
tendido a ser incorporada casi exclusivamente como efeméride, o bien
abordada desde una única perspectiva de carácter monoexplicativo, en
tanto último capítulo de la dictadura militar.
En el marco de esta apertura al diálogo y la reflexión entre distintas
miradas, comienzan a ponderarse otras perspectivas al interior del sistema
educativo con base en el eje soberanía (en grado e intensidad variada
dependiendo de las distintas jurisdicciones o instancias institucionales
consideradas), que restituyen la complejidad multidimensional involucrada
en la Cuestión Malvinas, Antártida y Atlántico Sur como insumo significativo
para su incorporación en los diseños curriculares y en el desarrollo de
proyectos áulicos. En este contexto, se comienza a revalorizar el mapa
bicontinental en términos de su fecundidad pedagógica para abrir el campo
problemático centrado en la cuestión soberana irresuelta al interior de las
currículas y prácticas de enseñanza y aprendizaje3.
Pasados más de 10 años de la sanción de la Ley 26651 —que se
complementa con la reciente actualización de la cartografía oficial
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argentina a través de la Ley 27657, que incorpora los espacios marítimos
conforme a las disposiciones de la Convención de los Derechos del Mar de
las Naciones Unidas (CONVEMAR)— se torna necesario realizar una
reflexión crítica del mapa bicontinental de carácter integral y
omnicomprensivo, fundada en la perspectiva teórica de la geografía
contemporánea, específicamente, en su giro político y cultural, más allá de
urgencias de coyuntura o alarmas ideológicas.
El campo de la geografía cultural y la llamada geografía de los
imaginarios (Haesbaert et al., 2011) tiene en la actualidad un nutrido
desarrollo dentro de la disciplina geográfica. Sin embargo, no ha tomado a
Malvinas, Antártida y Atlántico Sur —espacios que el mapa bicontinental
visibiliza e interviene activamente— como objetos de estudio primario, pese
a constituir un campo fértil para indagar la relación entre territorio, cultura y
poder. Desde este enfoque de la Geografía (algo más que un mero
subcampo) cobran centralidad los sentidos de pertenencia territorial, las
representaciones espaciales y los imaginarios geográficos como
dimensiones nodales en el desarrollo de procesos políticos y prácticas
territoriales. Factores ideacionales gravitantes y, en algunos casos,
determinantes, en tanto marco referencial para la acción social en sentido
amplio, en los cuales las imágenes cartográficas participan activamente de
su configuración (Nadal y Urteaga, 1990; Anderson, 2000; Thrower, 2002;
Mazzitelli Mastricchio, 2017).
Dentro de este vasto campo de estudios se inscriben trabajos que abordan
la reflexión de la cartografía en clave epistémica desde una franca ruptura
con las concepciones naturalizantes, propias de la geografía tradicional,
que asumen al mapa como instrumento mimético respecto de la realidad
representada (Quintero, 1999; Hollman y Lois, 2013; Mazzitelli Mastricchio,
2017). Lejos de las miradas naturalizantes y esencialistas del pensamiento
geográfico tradicional —que, no obstante, mantienen plena vigencia en el
sentido geográfico común más instalado—, el mapa puede ser entendido,
en tanto artefacto simbólico, como vehículo de determinaciones políticas y
culturales más amplias (Quintero, 1999).
El presente artículo se organiza de la siguiente manera. En un primer
apartado, se analiza el contenido de las críticas al mapa bicontinental
vertidas en las notas de opinión seleccionadas, recuperando su contenido
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a la letra. A continuación, se analizan dichas críticas con base en una
reflexión epistemológica acerca del estatuto teórico de la cartografía en
tanto artefacto simbólico a partir de las categorías de la geografía
contemporánea. Asimismo, se interpela la noción de nacionalismo territorial
que oficia de premisa de las opiniones refractarias hacia el mapa
bicontinental en las notas referidas. Por último, a modo de conclusiones, se
comparten algunas reflexiones en torno al vínculo entre cartografía y la
llamada desmalvinización (Cardoso, 2013; Cangiano, 2019).
Las críticas al mapa bicontinental
Las críticas vertidas al mapa bicontinental en las notas de opinión
publicadas en los principales periódicos a partir de la sanción de la Ley
26651 giran en torno a dos dimensiones. Por un lado, a cuestiones de
índole técnico-cartográfico, centradas en los conceptos de escala y
proyección adoptados en la confección del nuevo mapa; por otro, a la
equívoca o engañosa implantación de símbolos cartográficos sobre
espacios (Malvinas y Antártida) donde la Argentina no ejerce soberanía
efectiva. En la nota de opinión publicada en La Capital (Cicalese, 2015) se
refiere lo siguiente:
La historia de la cartografía ha sofisticado sus técnicas al punto tal
que un mapa puede ser pensado como un dispositivo racional de
orden matemático y geométrico. Sus pautas son muy específicas
y unívocas de cómo se debe interpretar cada signo, color o trazo
estampado […]. El mapa así tal cual está no suma conocimiento
ni una ampliación de la conciencia, no hay correspondencia entre
el dibujo y la realidad (el terreno) (s. p.).
A continuación, se agrega en el mismo artículo:
No es correcto utilizar el mismo diseño gráfico, colores y signos
para las provincias argentinas, el Sector Antártico y las Islas
Malvinas e Islas del Atlántico Sur; sobre las provincias se ejerce
soberanía en los otros dos territorios no, a pesar de que se les
adjunte la sigla ARG [...] se podría estampar una leyenda que no
sea simplemente parásita de la figura y que indique cómo leer
esas indefiniciones soberanas (Cicalese, 2015, s. p.).
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En la misma línea, en otra de las notas de opinión (Reboratti, 2010) se
destacan problemas prácticos en la incorporación del sector antártico
argentino en una misma escala cartográfica que el resto del territorio
argentino —a diferencia del mapa tradicional donde el sector antártico
argentino aparecía en un recuadro en la parte inferior derecha a una escala
mayor (es decir, con menor grado de detalle)—. Se asume que esa
decisión se enmarca en un horizonte de sentido que indica un país virtual
antes que real debido al estatus diferenciado de la Antártida, regida por el
Tratado Antártico, donde no se ejerce soberanía plena. Su incorporación,
según el autor, se encuentra motivada por devaneos geopolíticospropios
de un nacionalismo enfermizoque con machacona insistencia formaron
una suerte de sentido común territorial’”. Y agrega, “[con el mapa
bicontinental] los pobres alumnos del colegio se van a tener que enfrentar
ahora con un mapa donde la provincia de Tucumán es sólo una pequeña
mancha, mientras miran con curiosidad una enorme extensión vacía[en
referencia a la Antártida y el Atlántico sur](Reboratti, 2010, s. p.).
En otra de las notas (Lois, 2013), publicada como la anterior en el diario
Clarín, se expresa que la incorporación de la Antártida en el mapa a una
misma escala que el resto del territorio nacional se vincula con la apuesta
al fervor nacionalista que apela, a fuerza de repetición, a naturalizar en el
sentido común el supuesto derecho argentino sobre esos territorios”. Allí se
ubica el problema, no en el mapa en mismo, sino en los usos que se
hacen de él y en los discursos que se montan sobre él”, y en que el nuevo
mapa adula el ego nacionalista(Lois, 2013, s. p.).
Asimismo, en un artículo periodístico, que incluye un reportaje a una
especialista del CONICET, se afirma:
Los únicos que están contentos con el Mapa Bicontinental son los de
Tierra del Fuego y Santa Cruz, ¡porque en él se ven en el medio de la
Argentina! Y la Antártida a esa escala hace que provincias como
Tucumán o Salta queden como muy perdidas (Mosso, 2015, s. p.).
Por su parte, en una columna de opinión publicada en el diario Perfil, su
autora, doctora en Historia, expresa:
La reiteración de una ideología que asocia la identidad nacional con el
territorio, un territorio que se reivindica como eternamente propio y
siempre sujeto a amenazas exteriores. ¿Cómo no recordar, en este
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caso, la imagen tantas veces difundida en la época de la dictadura: un
mapa que incluía anacrónicamente como argentinos todos los
espacios que alguna vez habían formado parte del español Virreinato
del Río de la Plata (y que integraron luego diversas naciones), para
denunciar cómo el país había perdidoterritorios? (Sabato, 2011, s. p.).
Siguiendo la misma narrativa, en la nota antes referida publicada en La
Capital, el autor se pregunta, aunque matizando un poco las definiciones
tajantes anteriores, si el nuevo mapa intenta resucitar un nacionalismo
territorial enfermizo”:
No parece ser el caso, las disertaciones y las prácticas de corte
nacionalista del gobierno [de Cristina F. de Kirchner] están en las
antípodas. Sus fuentes se pueden rastrear en distintos saberes,
doctrinas y experiencias: el populismo, la izquierda latinoamericana, la
crítica cultural poscolonialista, la resolución pacífica de las controversias
y un neorevisionismo histórico; que si bien a veces resuena lineal y
maniqueo está distante del origen y condiciones de desenvolvimiento del
nacionalismo territorial. Aunque afirma que el mapa en sí mismo es
portador de berretines y empeños de los geógrafos nacionalistas de
aquellos tiempos4 (Cicalese, 2015, s. p.).
Un común denominador de las notas de opinión y demás artículos
seleccionados lo constituye la premisa que atribuye al mapa bicontinental
un carácter nacionalista retrógrado, cuya razón de ser consistiría, de
acuerdo con esta mirada, en una suerte de insaciable voracidad por la
ampliación de territorios asumidos como fetiches por parte de aquella
tradición intelectual. Un supuesto ideológico desde el cual se inviste a la
nueva cartografía como didácticamente inútil y para peor, mentirosa”, ya
que oficializa un mapa que es básicamente un engaño: el de la posesión
de un territorio de soberanía inexistente(Reboratti, 2010, s. p.).
Las críticas esbozadas al mapa bicontinental en las notas de opinión, tanto
en términos técnicos (no refleja lo real) como ideológicos (rémora del
nacionalismo territorial enfermizo), habilitan, por un lado, la apertura del
campo problemático centrado en el estatuto epistemológico de la
cartografía, dispositivo por excelencia en la re-presentación de los espacios
geográficos; y, por otro, la reflexión crítica acerca de la categoría de
nacionalismo territorial que oficia como premisa de las críticas antedichas.
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Mapas como textos: ruptura de la mímesis cartográfica
La cuestión invita a dirigir previamente la reflexión hacia aquello a
representar a través del dispositivo cartográfico, el espacio geográfico y
sus modos de concebirlo. Desde hace ya varias décadas, el espacio
geográfico dejó de ser entendido al modo de la geografía tradicional, como
un mero receptáculo físico donde apenas se montan procesos políticos,
económicos o culturales definidos en otras esferas. Los espacios
geográficos no solo son plausibles de ser apropiados materialmente, sino
también simbólicamente, al estimular ideas y valores (Haesbaert, 2004), e
identitariamente, al formar parte de nuestra estructura de sentimientos y
sentidos de pertenencia (Giménez, 1999; Hiernaux, 2010). El conjunto
vívido de representaciones, identificaciones y afectos (o repulsas) que los
lugares nos inspiran y provocan van configurando —también— los
territorios, en la medida que condicionan, obturan o promueven
determinadas acciones u omisiones a partir y a través de ellos. Los
espacios —dadas ciertas condiciones históricas contingentes pueden
devenir en mismos agencia política e identitaria (Haesbaert et al.,
2011).
Asimismo, las determinaciones de poder no dejan de incidir en la
configuración y estructuración de los espacios geográficos. En este
sentido, los lugares y territorios pueden concebirse —al mismo tiempo—
como locus de disputas de poder entre grupos sociales concretos que
operan a diversas escalas. El territorio realmente existente —más allá de
su definición jurídico-normativa— constituye la instancia resultante o
expresión de las relaciones conflictivas mediadas por estructuras
espaciales, las cuales participan activamente tanto en los intentos por
mantener el statu quo geográfico como en los intentos por su
transformación (Soja, 1996). En definitiva, los espacios geográficos son —o
pueden devenir en— espacios existenciales (Nogué Font y Rufi, 2001).
Malvinas constituye un ejemplo elocuente, en cuanto símbolo que
condensa una comunidad moral nacional (Guber, 2022).
Malvinas, por caso, no solo hace referencia a la superficie de las islas y sus
mares circundantes, sino que, a su vez, interpela las propias
capas tectónicas de nuestro fuero íntimo como comunidad nacional, en la
medida que Malvinas representa uno de los núcleos más potentes de la
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cultura popular argentina (Cardoso, 2013). Remite a sentidos de
pertenencia que gravitan y cristalizan de manera directa o indirecta en la
espacialidad. Y esos valores y sentidos no son un mero anexo o agregado
superestructural, sino que también constituyen ontológicamente el espacio,
no reducido a la crasa fisicidad de las islas, al estimular, promover u
obturar distintas acciones u omisiones en los modos de intervenir en el real
-geográfico. En tanto símbolo, Malvinas desborda todo territorio que, sin
embargo, no puede inteligirse sino a través de él(Besse y Escolar, 2002,
s. p.). Poco importa la distancia medida en kilómetros respecto de las islas,
sino cuánto tienen que ver conmigo, o lo que sería lo mismo, cómo
hacemos para llegar allá, implícito en la consigna Malvinas Volveremos
(Dufour et al., 2017).
Desde este horizonte teórico abierto por la geografía contemporánea en su
giro político y cultural, decididamente inserta en el campo de las ciencias
humanas y sociales, se impone una reflexión concomitante respecto a la
cartografía, en cuanto esta constituye una ciencia auxiliar por excelencia de
la disciplina geográfica.
Apre(he)nder el espacio tal cual es mediante el dispositivo cartográfico
comporta un imposible. Siempre se ejerce una mediación intelectual y/o
afectiva al impregnarle sentido a esa fisicidad geolocalizada. Es el sentido
investido lo que constituye ontológicamente el espacio geográfico y la
cartografía es una herramienta por excelencia de esa intervención a través
de una razón instrumental. (Re)presentar —hacer presente aquí y ahora—
aquello que está lejos y que por alguna razón se desea o necesita. Hacer
que algo de allá esté acá. La geografía (concreta, deseada y representada)
también tiene que ver con mover cosas, tangibles e intangibles a la vez, a
despecho de la concepción estática e inmóvil del espacio, propia de la
geografía tradicional. Los espacios pueden concebirse como lugares donde
se fija el movimiento (Escolar, 1992), tanto de elementos materiales como
ideacionales.
La cartografía aparece entonces como un instrumento por excelencia de
representación por su indudable utilidad práctica para tornar visibles
geografías lejanas (Quintero, 1999). En los mapas, los lugares encuentran
su escritura, entonces, pueden ser vistos como poderosos factores de
estructuración de geografías particulares (Quintero, 1999). La confección
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de un mapa ofrece una modalidad de visualización que intenta ordenar la
inmensidad del mundo en función de determinadas miradas, presunciones,
visiones, intereses o necesidades de los sujetos productores de los mapas;
es decir, por parte de sujetos históricamente situados con capacidad
efectiva para investir, signar o marcar los espacios en cuestión (Dufour,
2021).
La elocuencia del mapa conlleva el efecto, en el plano de los imaginarios
geográficos, de que la forma de percibir —y prescribir— los territorios
emana del suelo”, en una supuesta correspondencia mimética entre
mundo material y universo simbólico representado (Quintero, 1999). Sin
embargo, las representaciones y los imaginarios territoriales que operan
por detrás y a través de los mapas no son inocuos en la medida que
promueven u orientan distintos modos de intervenir en los espacios,
paisajes y lugares, por acción u omisión. Todo representar es una
apropiación simbólica en busca de su referente empírico que pulsa por
generar efectos reales.
Los dispositivos cartográficos son, en definitiva, un artefacto simbólico,
vehículo de determinaciones culturales y políticas más amplias que
conlleva un poder: el de configurar y dar existencia visible al mundo
deseado y representado (Quintero, 1999). De esta manera, podemos
pensar, junto a Silvina Quintero (1999), a los mapas como textos o bien
como el teatro en donde el autor proyecta realizar un sueño, como reza la
cita que encabeza este trabajo. En la dimensión simbólica constitutiva del
estatuto epistémico de toda cartografía, la función connotativa se impone a
la función denotativa.
En cuanto poder simbólico, posee la capacidad de eufemización respecto
de otros poderes, debido a su carácter de poder subordinado a la
estructura de relaciones de fuerzas, ya no simbólicas, sino estrictamente
reales (Bourdieu, 1999). Lo simbólico elabora narrativas de sentido
plausibles de organizar, estimular u obturar las acciones y prácticas de los
actores en el campo de fuerzas en pugna.
La representación cartográfica oficial de un país, por tanto, no es neutra ni
aséptica, ni tampoco se encuentra circunscrita al campo técnico, sino que
involucra, moviliza y condensa pasiones, sentimientos, identificaciones,
cosmovisiones culturales y proyectos de poder que se expresan a través
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de las imágenes en apariencia inocuas que, a su vez, participan
activamente del entramado político y cultural desde el cual surgen. Tal
como da cuenta el impulso reactivo de la geografía académica luego de la
sanción de la Ley 26651, que encontró su vehículo de expresión y
circulación en los principales periódicos de tirada nacional.
La imagen de la Argentina elaborada por el organismo cartográfico oficial
deviene, a escala nacional, en mapa-logotipo (Nadal y Urteaga, 1990) en el
cual la función simbólico-identitaria se impone a otros usos posibles.
Asimismo, cumple la función ineludible, a escala mundial, en tanto
instrumento vivo de la política exterior del Estado, de informar al resto del
sistema internacional dónde empieza y dónde termina el territorio nacional
conforme a su marco normativo y a las disposiciones del derecho
internacional. Usos y funciones constitutivas del mapa bicontinental que lo
invisten de una criticidad latente y un valor estratégico en sí mismo —y de
manera creciente— en función del contexto de disputa territorial efectiva,
en curso en Malvinas, Antártida, islas del Atlántico Sur y los espacios
marítimos circundantes.
Mapa, identidad y poder: apuntes sobre el nacionalismo territorial
Respecto del posicionamiento contrario en términos político-ideológicos en
las notas publicadas, resulta pertinente problematizar la categoría de
nacionalismo territorial que, a juicio del presente análisis, oficia de
obstáculo epistémico al prescribir con carácter unívoco que el mapa
bicontinental en mismo se inscribe dentro de una matriz política
autoritaria. Esta aseveración llevada al extremo, tal como la fuerte
adjetivación negativa plasmada en las notas referidas parece sugerir, anula
o invalida —cuando no clausura— toda posible reflexión posterior. Los
argumentos dan cuenta de una urgencia por apartarse de una tradición
geográfica que sería expresión, dentro del campo de la disciplina, de un
nacionalismo retrógrado(Reboratti, 1983; Cicalese, 2014)5.
Esta mirada monocausal, que entiende el surgimiento del mapa
bicontinental únicamente como rémora de una tradición de raíz autoritaria,
deja fuera del análisis, por un lado, el propio estatuto ontológico del Estado
-nación, incluido el papel que juega al interior de su seno la definición del
territorio y sus representaciones cartográficas oficiales. Y, por otro, el
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entramado de relaciones asimétricas de poder a escala mundial en el cual
el Estado nacional surge y se desarrolla.
Desde la perspectiva aquí propuesta, es posible resaltar que por detrás —y
a través— de la forma Estado”, con todo su conglomerado burocrático y
jurídico-administrativo, lo que opera es la cristalización de un orden político,
vale decir, proyecciones de poder triunfantesencarnadas en sujetos
históricos específicos, frente a proyectos alternativos de ordenamiento de
las relaciones políticas, económicas y sociales, perdedoresdentro de un
territorio históricamente situado. De esta manera, el estado territorial en la
Argentina es resultante de un proceso de disputas sociohistóricas que
emerge como espacio de condensación de la conflictividad social (Ansaldi
y Giordano, 2012). Y esas disputas durante el siglo XIX no son otras que
aquellas generadas por la cristalización de un orden capitalista periférico
concomitante con el surgimiento del imperialismo británico. Contexto
internacional que consolidó en América Latina en general y en la Argentina
en particular regímenes solo formalmente democráticos, de cuño
oligárquico en cuanto forma de dominación político-social propia del
modelo agro-minero-exportador (Ansaldi y Giordano, 2012).
En este marco, resulta pertinente historizar sintéticamente el llamado
nacionalismo territorial surgido en la Argentina. El mismo no encuentra su
origen en la tradición política y cultural del nacionalismo stricto sensu, de
fuerte gravitación en las escena política, cultural e intelectual de las
décadas del veinte y del treinta del siglo XX (en sus diversas vertientes),
sino en el reformismo liberal triunfante en las guerras civiles argentinas,
luego de las batallas de Caseros y Pavón, a mediados del siglo XIX. A
partir de 1861, con el triunfo de Pavón, el proyecto centralista comandado
políticamente por Bartolomé Mitre —expresión política de la oligarquía
terrateniente y mercantil con epicentro en la ciudad y en la provincia de
Buenos Aires— intentó conducir los destinos del país, subordinando a las
provincias conforme a los intereses portuarios6. En este periodo se
asientan los pilares del modelo agroexportador y el régimen oligárquico en
la Argentina, cuya gestación histórica no puede escindirse de la estrecha
relación con el comercio inglés y el predominio del poder británico a escala
mundial. Proceso histórico de construcción del Estado argentino moderno
que terminaría de consolidarse en el periodo del roquismo y la generación
del 80, que logró poner fin a 70 años de guerras civiles a partir del
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establecimiento de una autoridad nacional indiscutida (doblegando
militarmente los intereses exclusivistas del liberalismo porteño) a través de
la federalización de la ciudad de Buenos Aires, de la definición de los
límites territoriales y de la incorporación plena de la Patagonia al territorio
nacional (espacio históricamente en disputa considerado terra nullius por
parte de las potencias europeas), junto a la pionera presencia en el
continente antártico en 1904 por medio del observatorio meteorológico en
la isla Laurie, en las Orcadas del Sur7.
Pensar el problema (epistemológico-político-identitario) de la formación de
unidades políticas dotadas de legitimidad bajo la forma Estado, supone
problematizar la categoría espacial involucrada en ese proceso. La
definición de la cuestión territorial es condición de realización del propio
Estado-nación moderno. Si se piensa en el pasaje de la aldea al feudo,
luego a la ciudad-Estado, al Estado absolutista y al Estado-nación moderno
—surgido en el momento en que, según Jean Gottmann (1973), la patria
deja de ser el cielo y la fidelidad al señor(p. 66) o bien en los
ensamblajes regionales, es posible vislumbrar que a cada unidad política le
corresponde una cierta formación territorial, la cual no refiere
únicamente— al alcance geográfico en términos de tamaño y superficie del
imperium, sino a una instancia ontológica o lugar constituyente del sujeto.
En algún sentido, el nudo dilemático de carácter identitario, que subyace en
el mapa bicontinental y que interpela tácitamente los imaginarios
geográficos nacionales y sentidos de pertenencia territorial de los usuarios
argentinos resultantes de los desenlaces políticos de fines del siglo XIX, se
cristaliza en los siguientes interrogantes: ¿somos una nación marítima y
antártica? ¿O un país agrícola- ganadero? ¿La pampa azul forma parte
cabal de la Argentina tanto como la pampa húmeda”? ¿Queremos o no ser
una nación marítima y antártica?, ¿y qué implicaría esto en términos de
política de Estado y de destino como país? ¿Tiene sentido (o no) cambiar
lo que siempre fuimoscomo nación argentina? Es decir, ese lejano sur
puesto en foco por el mapa bicontinental, ¿es parte legítima de la
comunidad nacional? ¿O, por el contrario, simboliza un mero anexo o
excrecencia, en una relación de distanciamiento (no solo geográfico sino
afectivo y existencial) respecto de la formación territorial argentina forjada a
finales del siglo XIX con epicentro en Buenos Aires y la región pampeana?
¿Cuáles imágenes cartográficas pueden coadyuvar a promover uno u otro
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sentido de pertenencia?
A diferencia de Europa, el pasaje del Estado colonial al Estado territorial
moderno requirió de la creación, por parte de las elites políticas e
ilustradas, de una entidad política-cultural-territorial al momento inexistente,
la nación. Como destacan Waldo Ansaldi y Verónica Giordano (2012) las
provincias tenían existencia previa a la nación, la cual se superpuso a las
realidades territoriales. Con anterioridad a las guerras independentistas no
existía una identificación nacional argentina como tal, sino, al menos, un
doble sentido de pertenencia bajo dos lógicas territoriales amalgamadas.
Por un lado, aquel producto del apego al terruño, de lugares vitales más
próximos, las provincias —base del federalismo argentino— y, por otro,
una identificación omniabarcante y políticamente ligante a escala
continental, la patria americana, tal como rezan las cartas y proclamas
independentistas y de buena parte de la tradición federal argentina.
La gestación y consolidación del Estado argentino moderno se inscribe en
el proceso de estatalización de las unidades políticas a escala
internacional, conforme al despliegue del capitalismo mundial y la
emergencia del imperialismo británico. En este marco, el territorio y la
identidad nacional consecuente devienen, en sí mismos, atributos de
estatidad (J. P. Netl en Oszlak, 1997) inherentes a la propia constitución
del Estado-nación moderno. Estos prerrequisitos instituyentes de la forma
Estado operan en la misma jerarquía política y epistémica que el resto de
los atributos de estatidad, a saber: externalización del poder,
institucionalización de la autoridad y diferenciación del control (J. P. Netl en
Oszlak,1997). De esta manera, la identidad nacional —entendida como
sentidos de pertenencia territorial fundados en intereses colectivos— no
constituye un mero anexo superestructural respecto del resto de los
atributos duros, sino que emerge de la misma manera como condición de
existencia del propio Estado-nación, en tanto garante ontológico de última
instancia de su reproducción histórica. De igual modo, la representación
cartográfica del territorio nacional no constituye un simple epifenómeno
restringido a lo técnico, sino que participa activamente en cuanto una
herramienta heurística en la (re)creación, consolidación e incesante (es
decir, histórica) reapropiación de la identidad nacional por parte de las
mayorías ciudadanas, según coordenadas histórico-espaciales específicas.
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Esta imagen cartográfica de la
Argentina en 1914 [Figura 2] es
resultante del proceso de
formación territorial y de la
consolidación del Estado
argentino moderno a inicios del
siglo XX, conforme al proyecto de
país oligárquico triunfante luego de 70 años de guerras civiles. Plasma y
condensa imaginarios nacionales acerca de qué es la Argentina —y, por
tanto, acerca de quiénes somos los argentinos que configuran un
determinado sentido de nacionalidad estrechamente vinculado al modelo
agroexportador (“la Argentina granero del mundo”) y a la excepcionalidad
argentina respecto del resto del continente (“el país más europeo de
América”). Por supuesto, lo dicho no emana de manera explícita o directa
de la imagen cartográfica en sí, sino que la misma participa activamente de
un entramado discursivo y político de mayor alcance coadyuvando a su
entronización. Una imagen-logotipo de la Argentina cuyo centro se
encuentra en la provincia de Buenos Aires y la región pampeana, en la que
la Patagonia aparece como una península o anexo”, vacío y despoblado,
que se despliega hacia el fin del mundo y el Atlántico Sur —incluidas las
islas Malvinas usurpadas por el Reino Unido— no representa un área de
interés particular en cotejo con la centralidad de la pampa. La presencia
argentina en la Antártida no está siquiera representada. El mapa de la
Argentina así concebido, en tanto desenlace y expresión imagética del
proceso histórico conflictivo, ofrece la posibilidad de visualizar el soporte
realdel proyecto de país oligárquico. El proyecto de poder estrechamente
Figura 2. Nuevo mapa de la República
Argentina de la Oficina cartográfica de
Pablo Ludwig (1914). Wikipedia
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vinculado a la órbita de poder británico queda —a través de una imagen
cartográfica en apariencia inocente— naturalizado. Se trata de un
imaginario nacional fuertemente internalizado hasta la actualidad, que
precisamente el mapa bicontinental viene a transgredir.
Ahora bien, la identidad nacional de base territorial no se establece de una
vez y para siempre conforme a un determinado orden de poder cristalizado.
Por el contrario, deviene en sí misma un locus de disputas simbólicas y
reales en función de los proyectos de país en pugna, de la densidad
histórica y geocultural de los territorios involucrados y de las estrategias de
intervención desplegadas por los sujetos políticos intervinientes. Entre
aquellos que bregan por el mantenimiento del statu quo geográfico (en el
caso de los espacios en cuestión, visibilizados por el mapa bicontinental, la
usurpación británica del Atlántico Sur y su proyección antártica en curso) y
aquellos que buscan su transformación (la recuperación de la soberanía
territorial argentina).
En este sentido, la reflexión acerca de la consolidación, continuidad y
proyección del Estado nacional argentino no puede escindirse del
entramado de relaciones de fuerza que opera dentro del sistema
internacional del cual forma parte. Precisamente, las críticas esbozadas en
las notas de opinión excluyen del análisis las determinaciones de poder
realmente existentes provenientes del orden mundial, que se expresan de
manera multidimensional y multiescalar a partir de múltiples estrategias de
intervención en los espacios críticos desde el punto de vista
geoestratégico.
Los postulados contrarios al mapa bicontinental eluden aquello que la
nueva cartografía coloca en un primer plano de visibilización y que, en
buena medida, explica el conjunto de decisiones políticas, metodológicas e
instrumentales adoptadas para su realización. Esto es, el conflicto real con
Gran Bretaña por la usurpación del Atlántico Sur y su pretensión antártica,
que se superpone en su totalidad al sector antártico argentino y,
parcialmente, al territorio antártico chileno; en el marco del inminente
escenario pos Tratado Antártico y del, todavía irresuelto y en pleno curso,
conflicto de soberanía por el Atlántico Sur. El solo surgimiento de un nuevo
mapa oficial argentino implica su participación en las mismas condiciones
de realización que lo posibilitaron.
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Reflexiones finales: cartografía y desmalvinización
En el marco de la perspectiva crítica desarrollada sobre los postulados
contrarios al mapa bicontinental plasmados en las notas de opinión
publicadas por importantes periódicos nacionales, se desprenden algunas
conclusiones.
El conjunto de aseveraciones técnicas vertidas en las notas de opinión
ratifican —paradójicamente— las mismas premisas que los autores
pretenden problematizar y de las que pretenden apartarse drásticamente,
ancladas en la llamada geografía tradicional. El reclamo de realidad al
mapa bicontinental no se encuentra en sintonía con el propio estatuto
epistemológico del dispositivo cartográfico, inescindible del conjunto de
decisiones políticas, teóricas e instrumentales llevadas a cabo por el IGN
en el diseño de la nueva cartografía oficial.
Por otra parte, el horizonte de sentido propuesto por las notas de opinión
restringe el análisis a la coyuntura política doméstica y a la crítica de
tradiciones intelectuales locales, sin dirigir la mirada hacia los procesos y
realidades geopolíticas más amplias ni hacia la función simbólica y
estratégica que adquiere el mapa bicontinental al interior de ese entramado
de fuerzas. Precisamente, las críticas tienden a elidir el problema nodal de
la soberanía territorial y la actual disputa con el Reino Unido de Gran
Bretaña —el más importante conflicto internacional de la República
Argentina— que constituye el principal factor estructurante del vasto
espacio conformado por las Malvinas, el Atlántico Sur, la Antártida y la
Patagonia continental que el mapa bicontinental visibiliza.
Se trata de una cuestión latente y en creciente conflictividad ante la cual el
Estado argentino, bajo cualquier escenario de coyuntura que se trate e
independientemente del signo ideológico de los gobiernos de turno, deberá
lidiar y definir políticas en todas las áreas estratégicas involucradas —
incluida su política cartográfica— conforme a lo establecido por la
Disposición Transitoria Primera de la Constitución nacional.
Las notas de opinión le reclaman al mapa bicontinental que dé cuenta del
statu quo geográfico real antes que virtual, al tiempo que
paradójicamente- las determinaciones de poder británico realmente
existentes o real-geográfico —a partir de las cuales la emergencia de la
nueva cartografía se inserta y cobra sentido— aparecen, de algún modo,
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diluidas o naturalizadas, o bien, restringidas a un problema de formas de
implantación de simbología cartográfica. ¿Existirá también, por parte de la
estrategia de redespliegue de poder británico conocida como Global
Britain, inserta en el dispositivo de seguridad de la OTAN, un nacionalismo
territorial retrógrado y enfermizo de, en este caso, alcance mundial?
El mapa bicontinental participa activamente, en cuanto herramienta
heurística, dentro del áspero campo de disputas por el sentido de los
acontecimientos de la guerra de 1982 marcado por la llamada
desmalvinización, entendida como el proceso de desactivación de
pensamientos, sentimientos y acciones en torno a la recuperación de la
soberanía territorial en las Malvinas y el Atlántico Sur (Cardoso, 2013).
Este discurso ha predominado en el largo periodo de posguerra en los
principales ámbitos de producción simbólica, incluidos los ámbitos
académicos y principales medios de información —no así en la cultura
popular— y solo recientemente comienza a interpelarse y complejizarse.
Un proceso de desmalvinización que implica, como requisito de método, la
deshistorización (Cangiano, 2019) del conflicto bélico de 1982, al situarlo
únicamente en la coyuntura política argentina del momento, sin indagar sus
raíces históricas que se remontan al siglo XVIII o incluso antes. Así como
también la desterritorialización del conflicto en la Antártida y el Atlántico
Sur, la cual refiere no únicamente a la superficie real involucrada en el
conflicto (mucho más que dos islitaso 12.000 km2 correspondientes,
aproximadamente, a sus dos archipiélagos principales), sino también a la
geograficidad (Porto Gonçalves, 2002) que el mapa bicontinental pone en
escena”. Entendida esta como la condensación del conflicto entre
estrategias y proyectos de poder antagónicos que operan a diferentes
escalas (nacional, regional, mundial) y de manera multidimensional
(diplomática, militar, económica, educativa, cultural) a partir y a través de
los espacios geográficos bajo disputa.
Por último, el mapa bicontinental permite explorar las determinaciones del
real-geográfico involucradas en Malvinas, Antártida y Atlántico Sur, que
comprenden la explotación de recursos estratégicos en los espacios
usurpados, la necesidad de aumentar la presencia argentina y la
identificación territorial en sus espacios marítimos y antárticos, así como el
reclamo de soberanía argentina en la Antártida de cara al inminente
escenario pos Tratado, hacia la década del cuarenta del presente siglo, ya
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que nada garantiza, conforme al actual proceso de reconfiguración del
orden mundial signado por su creciente conflictividad, que las condiciones
originales que posibilitaron la firma del Tratado Antártico sean ratificadas
en el 2041.
Figura 3. Mapa bicontinental
de Nicolás Boschi (2020)
Colectivo artístico América en Colores
(https://www.americaencolores.com.ar/)
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1. Ver Ahumada Rioja, M. (2015) y Los nuevosmapas…” (2015).
2. Conforme a lo establecido en la Ley Nacional de Educación del año 2006 en su Artículo
92: “Formarán parte de los contenidos curriculares comunes a todas las jurisdicciones: [...]
b) La causa de la recuperación de nuestras Islas Malvinas, Georgias del Sur y Sandwich
del Sur, de acuerdo con lo prescripto en la Disposición Transitoria Prim era de la
Constitución Nacional”.
3. Ver conclusiones y propuestas del 1er Congreso Nacional por Malvinas y la Soberanía
en el Atlántico Sur, desarrollado en la ciudad de Bariloche los días 3 y 4 de noviembre del
2022. Disponible en https://www.adnrionegro.com.ar/2022/11/congreso-por-malvinas-
documento-final/
4. El autor se refiere al geógrafo Raúl Rey Balmaceda, ligado al pensamiento geográfico
tradicional. Hasta finales de los ochenta su obra tuvo una fuerte gravitación en los textos
escolares, de educación superior y en colecciones de geografía popular.
5. La carrera de Geografía en la UBA, en el marco de la recuperación democrática en
1983, tuvo un destacado papel en la renovación teórica y metodológica de la disciplina
geográfica, al incorporar principalmente los desarrollos de las escuelas geográficas
francesa, brasileña y británica, y promover el diálogo con otras disciplinas sociales. En
términos teóricos e institucionales, los intentos de apertura y democratización enfrentaron
resistencias por parte del pensamiento geográfico tradicional nucleado en instituciones
como GAEA (Sociedad Argentina de Estudios Geográficos), ligado a la geopolítica clásica,
fuertemente resistida en el ámbito de la geografía académica con epicentro en la UBA (Iut,
2005; Souto, 1996).
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Malvinas en Cuesón | N.° 1 | 2022 | ISSN 2953-3430
6. De ahí que Juan Bautista Alberdi [1879] (2007) afirme: La federación argentina es una
especie de alcancía en que todas las provincias guardan sus rentas, pero cuya llave está
en manos de Buenos Aires y cuyo tesoro sólo sirve al que tiene la llave. La llave es el
puerto de Buenos Aires”. A lo que agrega: No son los unitarios y federales, son Buenos
Aires y las provincias. Es una división de geografías, no de personas; es local, no política.
Con razón cuando se averigua quiénes son los unitarios y federales y dónde están, nadie
los encuentra; y convienen todos en que esos partidos no existen hoy; lo que sí existe a la
vista de todos es Buenos Aires y las provincias, alimentando a Buenos Aires ”.
7. Previo al periodo inaugurado por el roquism o, el liberalismo porteño concebía que el
territorio nacional finalizaba en el Río Negro. Desde esta concepción, la Patagonia tenía
un estatus jurídico dudoso e impreciso y el Atlántico Sur ni siquiera formaba parte de su
imaginario geográfico (o bien lo hacía de manera tenue). Domingo Faustino Sarm iento,
por ejem plo, sostenía que la Argentina no debía tener una flota de mar sino fluvial, con
asiento en la ciudad de Zárate, provincia de Buenos Aires (Caillet-Bois, 1929).
E. Dufour y A. H. Triulzi / Cartograa, cultura y poder...
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