Cambios en el mundo del trabajo y nueva cuestión social en América Latina

Autor:Daniel García Delgado
RESUMEN

El mundo del trabajo ha sido impactado por profundos cambios en el sistema productivo (...)

 
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Introducción El mundo del trabajo ha sido impactado por profundos cambios en el sistema productivo, en las transformaciones tecnológicas y en las formas de organización, representatividad y responsabilidad como actor social en las últimas tres décadas. Asimismo, en su valoraciones, sentido e importancia en las políticas públicas. El objeto de este trabajo es realizar un análisis de estas transformaciones de cara a cómo impactan en el replanteo de la cuestión social en la América Latina de hoy, identificando las dimensiones éticas de la concepción del trabajo que están en juego. Para ello, vamos a desarrollar cuatro puntos tratando de demostrar que la posición que se tome sobre la cuestión del trabajo es crucial en el debate sobre ética y desarrollo y sobre los nuevos rumbos posibles hacia sociedades más inclusivas. 1. Cambio epocal y replanteo de la cuestión social 2. Crisis de hegemonía del modelo neoliberal y contexto de oportunidad 3. Hacia un modelo de desarrollo centrado en el empleo de calidad 4. Los actores en la construcción de un nuevo rumbo 1. Cambio epocal y nueva cuestión social A fines del siglo XIX surge la denominada cuestión social, con la industrialización y el avance del capitalismo sobre la sociedad tradicional. La transformación que venía siendo operada gracias a este proceso de creciente capitalización de las relaciones sociales, iba a generar nuevos actores sociales y una acentuada proletarización en los centros urbanos. Esta cuestión social se centraba en las condiciones de explotación de la masa trabajadora y de malas condiciones de trabajo. Desde distintas perspectivas se vinculaba la explotación a la problemática de la alienación del trabajador respecto de su producto y de las necesidades de recrear un nuevo orden que pusiera fin a la hegemonía burguesa en el control de la producción. Esto daba lugar a la formación de partidos y movimientos socialistas y populares, al conflicto capital-trabajo y a una acentuada polarización a partir del bloque soviético emergente. Se generaba así una contraposición muy fuerte entre individualismo y colectivismo como antropologías distintas, en tanto diversas formas de ver la cuestión social, la persona humana, el sentido del trabajo y la política. Esta tensión va a comenzar a modificarse a partir de la crisis del capitalismo de laissez faire de la década del ‘30, con el surgimiento paulatino de lo que se denominó el Estado de Bienestar. En su configuración latinoamericana, el Estado de Bienestar y el modelo de sustitución de importaciones van a replantear la cuestión social: el conflicto obrero pasa de ser una cuestión policial a ser una cuestión de derechos, reglamentada y regulada jurídicamente -el derecho laboral. De hecho, incluso los Estados van a empezar a llamarse Estados Sociales de Derecho y no sólo Estados de Derecho posición en que contribuyó en su momento el pensamiento social de la Iglesia. El movimiento obrero va a pasar a ser un actor reconocido y hasta protagónico en las reformas sociales e institucionales -negociaciones colectivas y pactos sociales, entre otros. Es la configuración de un capitalismo nacional mixto, regulado estatalmente, que se denominó sociedad asalariada: donde teóricamente todo el mundo va a estar bajo el contrato de trabajo y, en todo caso, los sectores pobres o excluidos van a tender a la incorporación a la sociedad asalariada, que es la sociedad de los seguros sociales: educación, salud, seguridad social. Ahora bien, desde mediados de los ’70 se va a producir lo que se da en llamar un cambio epocal, una mutación de las características del capitalismo nacional industrial (modelo de sustitución de importaciones, nacional-popular y desarrollista) que caracterizó la vieja cuestión social. Se produce el surgimiento de la “segunda globalización” que configura un mundo de economías más abiertas, sobre todo en lo financiero, comercial y de capitalismo “salvaje”, precisamente por esa falta de regulación ético-pública de los mercados. Entonces, de estas sociedades industriales, de pleno empleo, asalariadas, taylo-fordistas, se va a pasar a sociedades postindustriales, de servicios, de información, más heterogéneas, desiguales y postfordistas-toyotistas, donde van a primar los procesos de deslocalización de la producción, tercerización y desnacionalización de las empresas, caracterizadas por una lógica de bajar los costos y, sobre todo, los costos laborales/salariales. En este cambio epocal, otro aspecto de significación es el pasaje de sociedades muy reguladas por Estados nacionales -con burguesías y actores nacionales como gremios, iglesias, fuerzas armadas, movimiento estudiantil, etc- a sociedades que podríamos llamar post-nacionales en sentido del debilitamiento de los Estados para regular sus economías; y de la creciente importancia de un plexo de poder trasnacional vinculado a actores y organismos multilaterales (FMI, OMC, Banco Mundial) y empresas trasnacionales con influencia en las políticas de los Estados así como los grandes medios de comunicación. Al mismo tiempo, se establece la configuración de bloques regionales -NAFTA, UE, ASEAN, Mercosur, etc.- lo que va a significar una cesión de poder o de competencia de los Estados nacionales y una cierta configuración de poder global a través del G7 – G8 que van a comenzar a ejercer un liderazgo en la orientación de este proceso de globalización. Este cambio va a promover el pasaje de la vieja a la nueva cuestión social que va a estar vinculada a problemas de desempleo estructural, precarización, vulnerabilidad de los sujetos y, en todo caso, a la problemática de la exclusión. No es que desaparezca la explotación o las malas condiciones de trabajo, sino que se incorpora una dimensión muy estructuradora del campo social, que es la del conflicto inclusión – exclusión, y esto es lo que hace a la nueva cuestión social. También es importante consignar la importancia que cobra en éste período la existencia de un cambio cultural significativo introducido que apuntaba a concebir al ciudadano como consumidor. La perspectiva que se intentaba socializar era la de la falta de significación del esfuerzo, del trabajo para lograr fines, la pérdida de sentido de la satisfacción diferida del sacrificio, así como la falta de valoración de la experiencia y, a la vez la promoción de la transgresión, de una juventud exitosa pero en términos de acceso rápido a consumos del primer mundo, de ausencia de solidaridad y una ética social reducida a una sociedad de ganadores y perdedores. Lo cierto es que las sociedades quedan segmentadas entre los que forman parte del sector trabajo de calidad, que tienen algún tipo de seguro social, y oportunidades de progreso social, y aquellos que están desempleados, o en situación muy precaria, vulnerable respecto del mercado de trabajo y que son asistidos por los Estados o por la solidaridad de ONGs, iglesias u otro tipo de instituciones, y que de ese modo entran en el círculo de reproducción intergeneracional de la pobreza. Si la anterior conflictividad se centraba en la explotacion, alineación, capitalismo-socialismo, clasismo, la fábrica como espacio principal del conflicto, la nueva cuestión plantea nuevas identidades y lógicas sociales, el territorio, el barrio, y conflictividades que no se dan solo en el mundo del trabajo. Esta dimensión de inclusión - exclusión social no segmenta a la sociedad en clases, sino que son múltiples los clivajes que recortan este conflicto. En todo caso, tampoco es un problema de fácil resolución en la medida en que las economías son ahora más abiertas y competitivas de lo que eran en la sociedad previa. Y dado que parece inevitable competir, los gobiernos y bloques más poderosos tienden a generar empleo de mejor calidad en sus países a costa del desempleo y la primarización de la economía de los más débiles. Ahora bien, ¿cuál sería la explicación de esta involución de muchos de los derechos sociales respecto de las situaciones de mayor homogeneidad e igualdad que supieron encontrarse hasta mediados de los ’70? Recordemos que la distribución funcional del trabajo era 50/50, hoy probablemente esté en un 70 % a favor del capital y 30 % a favor del trabajo. La distribución del ingreso es ahora muy desigual y muchos organismos multilaterales señalan que el 6 por ciento de la población de América latina consume igual cantidad que el 94 por ciento restante (CEPAL). La explicación de este cambio es compleja, tiene diversos factores, pero está asociada a cómo se resuelve políticamente la crisis del Estado de Bienestar desde la década del ‘70. Recuerdemos que entonces había procesos inflacionarios poco controlables y, al mismo tiempo, existía en ese momento una lucha redistributiva fuerte entre sindicatos, empresarios y el Estado acerca de quién pagaba esa inflación, porque existía una suerte de equilibrio de poder entre capital y trabajo. A su vez, a nivel central existía la preocupación por el desafío planteado por los países productores de petróleo (OPEP) que tenían la capacidad de acrecentar su precio y los niveles de producción y al mismo tiempo existía una cantidad muy importante de petrodólares a reciclar por los bancos, por lo cual empieza a darse la combinación de factores que van a dar lugar a una respuesta conservadora a la crisis del Estado de Bienestar (Petrella, 1994). Respuesta donde va a predominar la visión neoclásica en favor de los mercados y sus leyes, aparentemente neutras e ineluctables. Esto conlleva un brusco pasaje de la economía basada en la demanda agregada (keynesiana-cepaliana) a la economía basada en la oferta (neoclásica-orotodoxa), a aumentar bajo toda consideración la rentabilidad del capital y, por lo tanto, a favorecer todo lo que sea desregulación, reducción de impuestos, flexibilización y apertura, con el consecuente debilitamiento de los colectivos de trabajadores y disciplinamiento de la fuerza de trabajo. A su vez, este gran reciclado de petrodólares a través...

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