El caballero de la rosa: el regreso de la gran mascarada vienesa

El caballero de la rosa / Ópera de Richard Strauss y Hugo Von Hofmannsthal / Dirección musical: Alejo Pérez / Dirección de escena: Robert Carsen / Director repositor: Bruno Ravella / Diseño de escenografía: Paul Steinberg / Papeles principales: Manuela Uhl (Mariscala), Kurt Rydl (Barón Ochs), Jennifer Holloway (Octavio), Oriana Favaro (Sophie), John Hancock (Herr von Faninal), Darío Schmunck (Cantante italiano) / En el Teatro Colón / Otras funciones: mañana, sábado y martes 25, a las 20; domingo, a las 17 / Nuestra opinión: muy buena

Contaba el escritor Stefan Zweig en uno de sus libros que Richard Strauss solía repetir una frase: "Quien quiere ser músico de verdad también tiene que saber componer un menú". En su condición de libretista de La mujer silenciosa, Zweig pudo conocer de cerca el carácter de Strauss y llegó a una conclusión inapelable: el compositor mantiene siempre firmes las riendas de sus ideas. Strauss era un hombre eminentemente práctico, un formidable artesano, además de un artista. En este sentido, su relación artística con Hugo von Hofmannsthal debe ser vista como una colaboración de contrarios. En las cartas que se enviaron durante el trabajo de El caballero de la rosa queda claro que el libretista proponía y el compositor disponía. Pese a todo, la coloración de Rosenkavalier viene enteramente de Hofmannsthal y de la Viena fin de siècle, de laque él fue una figura crucial.

La puesta en escena de Robert Carsen que llegó al Teatro Colón asume plenamente esta genealogía vienesa. La escena del primer acto, con una maravillosa escenografía de Paul Steinberg, lleva al colmo de la estilización la ornamentación dieciochesca. Pero a la vez es una estilización apocada, un poco provinciana, con esa condición que Viena nunca perdió a pesar de ser la capital de un imperio. En el segundo acto, por el contrario, domina una privación del ornamento que toma su matriz de la filosofía del diseño del arquitecto Adolf Loos. No hay hiato y la contigüidad que existe entre las dos escenografías y los dos actos es la misma que existe entre la emblemática casa de Loos y el entorno de la Michaelerplatz, muy siglo XVIII, en la que está situada. En cuanto al acto III, habría que empezar diciendo que en ningún otro momento fue Hofmannsthal más minucioso que en esas indicaciones escénicas. Convertir, como hace Carsen, una posada en un burdel puede parecer excesivo, pero de todos modos esas funciones solían confundirse también fuera del escenario, y la...

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