Breves monstruos de la imaginación, renovados

 
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El asombro es la marca de nacimiento del cuento argentino. Entre las posibilidades ilimitadas de la ciencia, que parecía poder descubrirlo todo, y el ocultismo que resguardaba el secreto, la entrada en el siglo XX se pobló de seres fantásticos y de hechos extraordinarios. Los autómatas de "Horacio Kalibang", de Eduardo Holmberg; la medicina lindera con la ensoñación en "Fantasía nocturna", de Martín García Mérou, de allí al mono parlante de Leopoldo Lugones en "Yzur" a los vampiros huidos del celuloide que soñó Horacio Quiroga. Sobre esa colección de prodigios se fundó la tradición más sólida de la narrativa argentina, que construyeron Borges, Bioy Casares, Cortázar, Manuel Mujica Lainez o Silvina Ocampo.Aun un relato político como "El matadero", de Esteban Echeverría, debió romper el verosímil realista para lograr su efecto. Sólo al morir de manera anómala el unitario que lo protagoniza escapa de la humillación de sus verdugos y presume su pureza de clase, para que el lector comprenda en qué consiste la diferencia ideológica. Frente a la paciente novela que elabora mundos y destinos completos, el cuento clásico, en su brevedad, sólo cuenta con la fulguración iluminadora de un instante. Ya sea la resolución de un crimen, la aparición del fantasma o la trama social que condiciona las vidas individuales, el relato clásico ofrece la fuerza de un momento en el que lo cotidiano se revela como extraordinario y muestra su sentido oculto. En "Algunos aspectos del cuento" (1962) Cortázar comparaba la condensación explosiva del relato con la fotografía:El fotógrafo o el cuentista se ven precisados de escoger y limitar una imagen o un acaecimiento que sean significativos, que no solamente valgan por sí mismos sino que sean capaces de actuar en el espectador o en el lector como una especie de apertura, de fermento que proyecta la inteligencia y la sensibilidad hacia algo que va mucho más allá de la anécdota visual o literaria contenidas en la foto o en el cuento […] al punto que un vulgar episodio doméstico […] se convierta en el resumen implacable de una cierta condición humana, o en el símbolo quemante de un orden social o histórico.En sus "Tesis sobre el cuento", Ricardo Piglia reconoce la forma de esa iluminación profana en una estructura doble. Todo cuento clásico narra dos historias, una lineal expresa y una implícita y de temporalidad aleatoria, sembrada en los detalles, que sólo surge al final o, en el caso del cuento moderno, permanece oculta pero justifica el relato. Con cierta malicia resume los cuentos de Borges: la historia explícita corresponde a un género, el policial, la "ficción científica" o las narraciones de orilleros; la historia implícita es siempre la misma: "La condensación de la vida de un hombre en una escena o acto único que define su destino".La narrativa argentina de los últimos diez años parece haber puesto en crisis esta forma que dominó el siglo XX. Si bien hay autores, incluso muy jóvenes, que retoman con variantes esa estructura, las nuevas estéticas del cuento abandonan la búsqueda del sentido revelador. Muerto el humanismo, entre la infinidad de discursos administrados desde las redes de comunicación que dominan el siglo XXI, la única universalidad a la que puede aspirar un relato es la del cliché. El asombro se encuentra en caminos más oblicuos.La divisoria de aguas fue trazada por una serie de escritores de la segunda mitad del siglo XX, de quienes en tiempos recientes se editaron sus cuentos completos o grandes colecciones de relatos, dando forma a lo que podría leerse como un canon ampliado del cuento argentino. Del lado de las formas clásicas pueden contarse los cuentos de Abelardo Castillo (Cuentos completos, Alfaguara, 2012), maestro a su vez de muchos jóvenes narradores, y en cuya obra la tradición argentina se revitaliza con lo mejor de la cuentística estadounidense y las huellas del existencialismo. Apareció también Cuentos completos (Alfaguara, 2013) de Héctor Tizón, el autor jujeño fallecido en 2012, el narrador argentino que más conexiones sostuvo con la literatura latinoamericana del llamado boom. Un caso más complejo representan los relatos escritos por Rodolfo Walsh entre 1950 y 1968 (Cuentos completos, Ediciones de la Flor, 2013). De sus muy convencionales historias policiales a los últimos "cuentos de irlandeses" se puede ver una transformación fundamental, en la que las tramas fragmentarias narran un conflicto cuyo sentido sólo puede comprenderse cabalmente tomando una posición política frente a lo que se lee. Un caso intermedio es el de los cuentos de Fogwill (Cuentos completos, Alfaguara, 2009). Aunque muchos de ellos se ciñen a estructuras clásicas, otros construyen en la escritura una atmósfera que prescinde de cualquier golpe de efecto, como su famoso "Muchacha punk" o el sugestivo "Camino, campo, lo que sucede, gente". Del modelo clásico a la disgregación formal, el libro suma "media docena de autores muy distintos que tiene un solo nombre marca: Fogwill", como lo describe en el prólogo Elvio Gandolfo, uno de los más fieles practicantes del género, al que aborda también con gran amplitud, del fantástico al terror o el absurdo (Ferrocarriles argentinos, Cada vez más cerca). Pura lengua son ya los cuentos de Hebe Uhart (Relatos reunidos, Alfaguara, 2010), observadora privilegiada que sondea las anécdotas más triviales en busca de un giro del habla que vale más que una trama elaborada. El realismo delirante de Alberto Laiseca también es una referencia esencial para la narrativa del presente. Cuentos completos (Simurg, 2011) muestra cómo en su narrativa todo puede suceder, y de hecho sucede. Pero quizá su mayor legado es el desparpajo con el que maneja los materiales de su escritura: ninguna jerarquía que separe géneros, obras de arte refinadas de productos cinematográficos de la más gozosa clase Z, el Amadís de Gaula junto a Las minas del Rey Salomón. En sus relatos toda cultura es popular. En el otro extremo, la obra de Juan José Saer (1937-2005) sigue representando uno de...

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