Berlín, el largo camino del reencuentro.

Autor:Luisa Corradini

Aguja de la TV de Berlín es de Ernst, 2007

El 9 de noviembre de 1989, cayó el ícono más contundente de la Guerra Fría, el enfrentamiento que partió al mundo en dos mitades irreconciliables. Dos décadas después, la hoy vibrante capital de la Alemania reunificada no esconde las cicatrices de su pasado ni las dificultades del proceso de reintegración.

La histórica caída del Muro de Berlín, que cambió el rumbo de la historia del siglo XX, comenzó con una escandalosa mentira y terminó con un grave error de apreciación.

El engaño fue obra de Walter Ulbricht, presidente del Consejo de Estado de la República Democrática Alemana (RDA). El 15 de junio de 1961, apenas dos meses antes de la instalación de las primeras alambradas de púas, Ulbricht proclamó que "nadie" tenía la "intención de erigir un muro".

La ceguera fue de su sucesor, Erich Honecker, cuando afirmó el 19 de enero de 1989 que esa herida fortificada que partía la ciudad en dos seguiría en su lugar "dentro de 50 o de 100 años": diez meses después, se produjo su estrepitoso derrumbe.

Veinte años después de ese acontecimiento crucial en la historia de la humanidad, no queda casi nada de esa siniestra construcción de 43.100 metros de largo, que dividió Berlín durante 28 años. Sólo tres sitios de la ciudad conservan sus vestigios. El resto se limita a una discreta doble línea de adoquines que sigue el antiguo trazado. Sus ondulaciones reaparecen aquí y allá en las veredas y avenidas de esta vibrante ciudad del siglo XXI en que se ha transformado la capital alemana.

Atrapado por la modernidad, el visitante tiene hoy dificultades para imaginar lo que era ese muro, formado por bloques de 3,5 metros de alto, 1,20 m de ancho y 2,75 toneladas de peso coronados por una alambrada de púas que se abría en V hacia ambos lados. Una ponzoñosa culebra de cemento que serpenteaba en pleno centro de la ciudad, pero también a su alrededor, para aislarla de la RDA que la envolvía al punto de hacer de Berlín-Oeste "el único lugar del mundo donde todos los puntos cardinales se hallaban al Este", según la amarga ironía del humorista Wolfgang Neuss.

Ese muro representaba un total de 55 kilómetros de largo e innumerables dramas humanos: 687 muertos sólo en Berlín.

El fin de tres ciclos

El acontecimiento inmenso que fue su caída puso fin a tres ciclos históricos, acoplados entre sí.

El más corto fue lanzado pocos años antes en la URSS por el líder soviético Mikhail Gorbachov. La perestroika, es decir el arsenal de reformas económicas destinadas a modernizar el comunismo, puso a ese país en el camino de la desintegración. El hombre que decidió el aggiornamento del sistema se vio obligado a limitar los gastos militares y amordazar su diplomacia, a retirarse de Afganistán y alejarse de Cuba. Al romper con la doctrina Breshnev, que afirmaba la legitimidad de una intervención armada en todo "país hermano" divergente de la línea colectiva, Gorbatchov aceptó de hecho la descomposición de la RDA.

Simultáneamente concluyó un ciclo en la historia de Alemania y Europa que había comenzado en 1961 con la construcción del Muro. Berlín, que desde 1948-49 soportaba el bloqueo soviético, se había transformado en el símbolo de la Guerra Fría. Enclavada en la "democracia popular" de la RDA, la ex capital del Reich...

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