Y sobre los baños públicos, ¿nadie va a decir nada?

De eso no se habla: los baños públicos del país, justo cuando la prensa internacional nos despabila con la noticia de que nuestros males más inmediatos no dependen hoy tanto de los genes que heredamos como de la pulcritud del comportamiento que estemos dispuestos a seguir.

¿Cómo no se va a hablar si la mugre hedionda acumulada en los baños públicos es en principio un foco séptico, además de evidencia desmoralizante de lo que somos como conjunto social? Por la mugre de esos baños se manifiesta el grado de educación y subculturización popular, de violación flagrante de ordenanzas y leyes en vigor y de que la corrupción de los gobiernos se enseñorea, por desidia o inacción premeditada, hasta en el cuadro abominable de recintos no siempre de intimidad y silencio según suele retratarlos la literatura universal.

Los gobernantes deberían haber actuado de otro modo a fin de conjurar tal desaseo. Se puede, como se demostró en el aeropuerto internacional de Ezeiza desde su privación. El fenómeno más pasmoso en este tipo de asuntos, al que no pudo poner en quicio ni la Corte Suprema de Justicia a pesar de habérselo propuesto, es el Riachuelo. Su cauce se nutre de un caldo pestilente de detritos trabajados por sustancias peligrosas; es el eje de uno de los ecosistemas deplorables del planeta.

¿Por qué el Presidente, el jefe del gobierno de la ciudad y los gobernadores e intendentes no aprovechan el encierro compulsivo de las gentes y ordenan la desinfección perentoria de las letrinas del país y su aseo y provisión de dispensadores de jabón, papel y, colmo entre los colmos, del agua, que a veces escasea o es nula? Debidamente ventilados, oigan. Entre los millones de argentinos que cobran todos los meses un cheque del Estado sin otorgar nada a cambio hay algunos brazos firmes a los que se podría apelar para la honrosa tarea de baldear al país donde está sucio.

Ordenen el gobernador Kicillof o el señor Rodríguez Larreta una inspección inmediata en cualquiera de los ámbitos con baños públicos de las respectivas jurisdicciones. Pueden comenzar por las estaciones de servicio, que han mejorado, es cierto, o por bares, restaurantes y confiterías. Hagan revisar el inframundo de los garajes. Si comisionan para el relevamiento a personal de probada confiabilidad, ratificarán lo que ya deberían saber: que la población está entregada con exasperante frecuencia a las manos de Dios. Si no actúan en la dirección correcta, cuando la actividad laboral se flexibilice...

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