Asesinos seriales

Autor:Breglia Arias, Omar
 
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Asesinos seriales

Un fenómeno reciente de la criminología Por Omar Breglia Arias

1. Introducción

Casi todos hemos visto algunas de las películas donde el personaje central es el psiquiatra caníbal Lecter. Bien, comencemos por decir que eso es pura ficción... la realidad es mucho más grave.

El "Monstruo de los Andes", José A. Garabito, colombiano, mató en cinco años a ciento cuarenta niños. Albert Fisch, un viejito de apariencia bondadosa, secuestró en 1935 a una niña de cuatro años; tres años después le escribió a la madre para contarle cómo la había comido, en nueve días. Después de su detención, confesó sesenta asesinatos de niños. Ottis Toolle un caníbal de cuarenta y cinco años entrevistado en la cárcel de alta seguridad de Starke, La Florida, por un criminólogo francés, quien le pregunta por su salsa, premiada en un congreso gastronómico por una broma de los organizadores, le contesta: "le agradezco que me lo recuerde. Efectivamente, pero es una salsa que se puede comer con cualquier carne". Otro asesino serial, Chase, el "Vampiro de Juramento", le dice al psiquiatra del FBI, "si me suprime matar, suprime mi universo"; había matado y bebido la sangre de doce personas.

La mayoría de los asesinos seriales son estadounidenses. En Florencia, Roberto Succo fue llamado "El Monstruo", como Garabito. Fritz Haarman, el "Carnicero de Hannover", Alemania, y Andrei Chikatilo, ruso, son otros casos asombrosos de asesinos caníbales. Pero sobre ciento sesenta casos famosos que la criminología ha archivado entre 1970 y 1990, ciento veinte son estadounidenses.

Estos asesinos de muchas personas parecen indicar tres cosas: 1) el sistema de seguridad norteamericano no se parece al de sus películas, y es tan fallido como cualquiera; 2) el asesinato serial es más propio de los grandes urbes, de las grandes ciudades donde la acumulación de seres humanos, y un capitalismo y consumismo exacerbado producen con frecuencia alienación y odio a la sociedad (teoría del criminólogo italiano Alessandro Baratta), y 3) las guerras terribles que los Estados Unidos de América ha tenido, Primera y Segunda Guerra Mundial, Corea, Vietnam, y la Guerra del Golfo, donde las armas han alcanzado un efecto destructor increíble y una crueldad sin límites y las poblaciones civiles son el blanco, confesado incluso. Particularmente Corea y Vietnam, con la inclusión del napalm, han dejado una secuela terrible en el espíritu de muchos estadounidenses. Sin ir más lejos, muchos asesinos seriales, como Chase, y Arthur Shawcross, confesaron que la guerra era inspiradora e instigadora de sus crímenes. Shawcross dice que en Vietnam colocaba la cabeza de las mujeres aldeanas sobre estacas, y que como el pueblo vietnamita es muy supersticioso, esto era también una forma de delimitar el territorio avanzado.

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2. Inimputabilidad

La inimputabilidad es un tema aparte en relación a los asesinos seriales. La mayoría de estos asesinos no son psicóticos sino psicópatas.

Los psicóticos, o sea los locos, pueden ser alegados como inimputables en Estados Unidos, pero la alegación estadísticamente sólo tiene éxito en tres casos sobre mil. Por otra parte, el asesino internado como loco tendrá más dificultades en salir en libertad que el que no ha sido declarado como tal. El sistema de reducciones permite atenuar muchas veces la pena de manera notable. Eso no ocurre con la libertad que pueda darse a un loco asesino.

3. El caso de "Tim Bindner"

En un documental se dice que en poco tiempo desaparecieron siete niñas en San Francisco, Estados Unidos. Un hombre de aproximadamente cuarenta y cinco años, Tim Bindner, apareció de inmediato y reiteradamente en la casa de las niñas. Habló con las madres mostrando interés en la búsqueda, y se ofreció insistentemente para ello. Pidió y dio orientación, recomendó libros especializados, entre ellos, Motivos y patrones de asesinos sexuales.

Interrogado por una periodista, manifestó conocer detalles que nadie conocía. Obviamente, despertó sospechas sobre su propia persona. La periodista habló largamente con él, esperando una palabra, una entonación que sea el hilo de un descubrimiento; años después dijo estar convencida de su culpabilidad.

Una de las madres, trabó una extraña relación con Bindner. ¿Cómo puede conocer tantas cosas y no ser el autor o alguien que esté más cerca de lo que dice, de los autores? Bindner, en las largas conversaciones con la periodista se comprometió en sus palabras. Pero como un personaje de Henry James, sus giros coloquiales eran elípticos, esfumados, parecían contradecirse entre ellos, y eludían ir más allá. Todo está ­dice­ en su interés en que se descubra lo que ha ocurrido.

La cuestión sigue en otro ámbito: es interrogado por la propia policía, que se encuentra con una pared: no se le puede probar nada.

Mientras tanto las niñas, a lo largo de todo este tiempo, no han aparecido, una de ellas, la mayor, tendría ahora veintiún años. Desapareció cuando aún no había llegado a la adolescencia. Es la madre de ésta, la de la "extraña amistad", la que reiteró a la periodista su seguridad de que Tim Bindner, no es ajeno al caso. ¿Y porqué siguió tratándolo? Porque en todos estos años esperaba encontrarlo en un desliz, en que por molicie o por cansancio o por estúpida arrogancia, incurriera en una falla. ¿Fue Tim Bindner realmente el autor? Se han pedido antecedentes. Pero no hay indicaciones; no hay evidencias, ni la mínima, tampoco. ¿No es sorprendente, sin embargo, que este hombre, siguiera en la búsqueda, siguiera visitando a las madres a lo largo de muchos años?

¿Quién es Tim Bindner? ¿Un esforzado ciudadano transformado en un ariete civil e incansable de la justicia? ¿Un loco? ¿Un ebrio de notoriedad? Ante una acusación concreta de los familiares de una niña, Bindner no trepidó e inició un juicio por calumnias, que ganó. Le fueron asignados 90.000 dólares por daños.

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En este tiempo, las madres le han cerrado las puertas en la cara. Quieren vivir. Quieren cerrarse al pasado. No pueden cambiar su vida por la de cualquier mujer que pasa por la calle. Están señaladas por un ominoso destino hasta el cese de su existir; pero quieren comenzar a tener una sonrisa, esa mueca, extrañísima ahora, que un día se les dibujó en la cara. Pero Bindner sigue ante otras notas periodísticas, avanzando y retrocediendo en su compromiso, como un maestro de la guerra no declarada que juega. Como un estratega del esquive, nunca es del todo ajeno, el insospechable por una digna causa. Y nunca es del todo el autor, o por lo menos, el procesable de los más horrendos crímenes. Y estas actitudes frente a las madres ¿no serán comparables a aquella carta que Albert Fish escribió a Delia Budd, contándole cómo, tres...

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