Soy argentino, a mucha honra

Me llevo muy bien con los argentinos, a pesar de que en América Latina tienen fama de pedantes, de presumidos, de jactanciosos, de mirarnos a los demás por encima del hombro, de no sentirse latinoamericanos, sino europeos. Buenos Aires, aunque les duela a los latinoamericanos acomplejados que tienen fobia a todo lo argentino (o sea, fobia a mí también, porque yo soy argentino por elección sentimental y a mucha honra, estadounidense por conveniencia y peruano por mandato familiar), es la ciudad más europea de América Latina. Como a las grandes ciudades europeas, a Buenos Aires le ha pasado en las últimas décadas algo que no le ha hecho perder su deslumbrante esplendor, pero la ha dotado de cierto riesgo, de peligro soterrado, de sordidez y morbo: la que antes era una elegante ciudad afrancesada, se ha convertido ahora en una urbe caótica, latinoamericana, tercermundista y mezclada de todas las sangres mestizas y furiosas de este mundo.

Del mismo modo que en Santiago de Chile hay millares de peruanos, venezolanos y bolivianos industriosos con fama de ladrones (y peruanas con fama de buenas nanas y cocineras), en Buenos Aires se entrevera a viva voz un fascinante batiburrillo de paseantes europeos y bolivianos sin papeles, de turistas australianos y venezolanos en moto y con tres trabajos, de canadienses en intercambio estudiantil y peruanos en intercambio amoroso, de gays refinados holandeses y gays centroamericanos sin un céntimo que han escapado de algún infierno para afincarse en esa gran ciudad y sentirse libres con formidable insolencia.

Porque Buenos Aires, con sus días revueltos de protestas cotidianas y marchas incendiarias, con sus habituales energúmenos que se conjuran para interrumpir una calle sin que la policía haga nada y los mire con abúlica complicidad, sigue siendo la ciudad más fantástica de Latinoamérica, y también la más europea y tercermundista. En ella perviven las nobles tradiciones de los que esconden sigilosos sus dineros centenarios al otro lado del río, o del océano, aquellas familias distinguidas de Recoleta y Palermo, Martínez y San Isidro, Nordelta y Puerto Madero, y los barrios cerrados de Pilar y alrededores, que ahora tienen que cohabitar (mal que les pese) con las costumbres vocingleras y folclóricas de los invasores, los intrusos, los desposeídos y desheredados de este mundo, quienes les han invadido sus parques mejores los fines de semana: los bolivianos y los venezolanos, los paraguayos y los peruanos, los...

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