El arco se achica en mentes abrumadas

 
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Cerrar los partidos, esa maldita expresión. Porque apunta a los resguardos defensivos, a las dos líneas de cuatro delante del arquero, a sostener una victoria a cualquier precio? Es una fase del juego, pero se puede alcanzar por otra vía: no renegar de la esencia, acentuar el protagonismo y marcar más goles. No hay rival que sobreviva a un cañoneo de tres o cuatros goles en su arco. Claro, la relación posesión/eficacia debe cambiar con urgencia en la selección. Con la puntería tan descalibrada se filtra la desconfianza. No se trata, entonces, de santificar el equilibrio para convertirse en un equipo inteligente o con oficio. Ésas son algunas de las mentiras que tanto dañan al fútbol. La Argentina, con la jerarquía de sus individualidades ofensivas, debe abrazarse a un estilo que acorrale al rival, que lo obligue a equivocarse cerca de su arco. Pero tiene que convertir. Eso es innegociable.

El déficit no es nuevo. La mira está torcida hace años. Vale tomar la última década, porque mayormente coincide con el fabuloso poder de fuego del seleccionado a partir de los escalonados debuts de Tevez (2004), Messi (2005), Agüero (2006), Lavezzi (2007), Di María (2008) e Higuaín (2009). Por supuesto, una cuota de responsabilidad también les corresponde a Crespo, Cruz, Saviola y Palacio, que aportaron para el desenfoque.

Si los partidos son oficiales, es decir por los puntos, la puntería entra en crisis. Desde junio de 2005, con la Copa de las Confederaciones en Alemania, la Argentina jugó hasta Jamaica 66 encuentros FIFA, es decir, por eliminatorias, mundiales, Copas América y la apuntada Copa de las Confederaciones. Sólo 17, sí, el 25%, los ganó por más de una conquista. ¿En cuántos encuentros se impuso por dos goles? En siete. ¿Y por tres tantos de ventaja? En otros siete. ¿Y por cuatro goles? Dos. Por cinco tantos no hubo registros, y sí uno por seis, ante Serbia y Montenegro, en el Mundial 2006. Pólvora mojada para tamaña...

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