Una amable puerta de entrada a la comedia musical

El público de musical conforma un tipo particular de espectador. Cuenta con reglas propias; a menudo se sabe las canciones, conoce las coreografías y va, feliz, a repetir ese ritual que lo convoca. En este caso, la cita es con El diluvio que viene, pieza de larga tradición en las tablas locales.

La historia sucede en un pueblo italiano en el que el cura Silvestre (Juan Durán) recibe el llamado de Dios, quien le anuncia que va a llevar a cabo un nuevo diluvio y que lo ha elegido, junto a su feligresía, para mantener a flote la humanidad. Silvestre organizará a sus ovejas descarriadas en el armado del arca, al tiempo que esquiva los avances amorosos de Clementina (Sabrina Artaza).

El universo de la obra está poblado por seres ingenuos, lo que conlleva el desafío de no hacerlos tontos. Especialmente bien parado sale Pablo Nápoli, como Don Crispín. Es el componente "actoral" del grupo; en sus escenas se ve una organización clara siempre comandada por él. Artaza compone una Clementina no exenta de malicia, empatiza con el público desde la risa y el timbre dulce. Las voces están en gran nivel, Durán aprovecha sus dotes de ilusionista y da vida, con solvencia y humor, al cura. Consuelo (Déborah Turza) y Totó (Juan Bautista Carreras) conforman el revés profano y cómico del amor irrealizable de Silvestre y Clementina.

Las coreografías más logradas son aquellas en las que los pasos acompañan...

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