Alejandro Romay: el dueño de la pantalla

 
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Alejandro Romay fue el último exponente de esa raza de hombres fuertes que a partir de una impronta personal llevaron adelante una vida entera consagrada al espectáculo y, sobre todo, escribieron buena parte de la historia de nuestra televisión. Todos lo conocían como el Zar, porque en su poder indelegable siempre descansaban la primera y la última palabra de cualquier iniciativa o decisión. "Era consciente de que para muchos yo había sido un tipo desafiante, excesivo, egocéntrico, incorregiblemente vanidoso y paternalista. ¡Y sí! Fui todo eso. Pero también fui un trabajador obsesivo y empecinado, creyente en la producción local", confesó en MemoriZar, su autobiografía de 2006. Murió ayer, a los 88 años, a causa de un paro cardiorrespiratorio, en el Sanatorio de la Trinidad. Fue velado en el teatro El Nacional, de su propiedad, y será enterrado hoy en una ceremonia privada.

Fue un conductor de mano férrea que se movía a fuerza de impulsos e intuiciones. Y también un productor y empresario que invitaba a artistas y técnicos a confiar en él y a acompañarlos en su defensa del talento nacional. Siempre estaba orgulloso del título que le había impuesto a la criatura más importante que alumbró en los medios: mientras Romay lo dirigía, Canal 9 era "el canal argentino". Por eso no fue casual que los primeros en recibirlo con los brazos abiertos cuando recuperó la emisora, en 1984, hayan sido justamente los actores y las actrices a quienes tanto había respaldado, aunque con algunos de ellos llegó a tener enfrentamientos nunca resueltos.

Había nacido en San Miguel de Tucumán el 20 de enero de 1927, en el seno de un hogar muy humilde. Dos de sus ocho hermanos murieron muy jóvenes. Empezó a trabajar a los 14 años, primero en un negocio de ropa y más tarde en un cine. Cuando su familia resolvió mudarse a Buenos Aires, él prefirió quedarse en Tucumán y se inscribió en la flamante Escuela de Agricultura y Sacarotecnia, de la que en 1943 egresó como perito y le permitió desempeñarse en los ingenios azucareros Esperanza y Concepción.

Pero su destino estaba lejos de allí. Durante una visita a los estudios de LV7 Radio Tucumán, no pudo evitar la tentación de hablar por el micrófono -una constante que lo acompañaría toda su vida- y comenzó a tomar conciencia de su talento para improvisar sobre la marcha. Al día siguiente, tras una prueba, empezó a trabajar en la emisora como locutor.

Tal vez vislumbrando lo que más tarde identificaría como su verdadera pasión...

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