Una imaginación afiebrada: entre el ensueño y la pesadilla

 
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Un ilusionista. Capaz de introducir al espectador, a fuerza de imágenes siempre sugerentes, en una poderosa atmósfera de ensoñación. Un paisajista del hondo sentimiento de soledad y desamparo que anida en el corazón de los hombres. Un poeta del cine cuya frondosa imaginación traduce en imágenes cautivantes (y por momentos perturbadoras) los sueños y las pesadillas que asuelan desde el fondo de los tiempos a la condición humana. Un artista lleno de coraje, personalísimo e irrepetible, que está entre los grandes creadores cinematográficos de la segunda mitad del siglo XX.Todo eso es Werner Herzog, cuya voz irrumpió en la escena europea en los años 60, cuando el cine alemán buscaba tomar distancia de la producción edulcorada y melodramática posterior a la derrota en la Segunda Guerra Mundial y cuyos nombres más rutilantes le dieron una merecida consideración internacional: Wim Wenders, Rainer W. Fassbinder, Volker Schlöndorff y, claro, el propio Herzog.Un hombre en apariencia exuberante, también. Para muchos un megalómano, aunque al conocerlo salten a la vista su equilibrio y su sensatez, tan alejados de las desmesuras que llevó adelante en los sets. "Ni un loco ni un excéntrico –señala Paul Cronin en el prólogo de Herzog sobre Herzog (El cuenco de plata), el fabuloso volumen que reúne una serie de extensas conversaciones con el creador de Aguirre, la ira de Dios–, sino más bien un hombre modesto, agradable y generoso."Cronin demoró en convencerlo para que colaborara en la revisión de su carrera. "No hago autoexamen –respondió el director–. Me miro al espejo cuando me afeito para no cortarme, pero no sé de qué color son mis ojos. No quiero colaborar en un libro sobre mí." Afortunadamente para la legión de fanáticos que celebran su cine en el mundo entero –salvo en Alemania, siempre un tanto reacia a aplaudirlo–, pudo más la capacidad de persuasión del entrevistador.Pero aunque Cronin se esmere en advertir que los arrestos de megalomanía son una invención que busca alimentar la leyenda, cada vez que alguien pretende señalar las excentricidades del realizador allí está, claro, la imagen de los más de cien indígenas que, agobiados por un calor demencial, empujan montaña arriba el barco de la memorable Fitzcarraldo, aquella historia sobre los sueños delirantes de un magnate del caucho y admirador obseso de Enrico Caruso, dispuesto a mover cielo y tierra para construir un teatro de ópera en el corazón de la selva amazónica. Y está también Aguirre, la ira de Dios...

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