Un actor de puño y letra

 
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La historia del cine está llena de púgiles que se caen y se levantan. Pródigas en historias de redención, de ascensos vertiginosos y ocasos prematuros y profundos, las películas de boxeadores exigen de sus protagonistas un compromiso físico y mental tan fuerte como el que exhiben sus personajes.

Era cuestión de tiempo la llegada a este mundo de Jake Gyllenhaal. El actor que cumplirá 35 años el 19 de diciembre próximo, nacido en el seno de una familia consagrada al cine, lleva adelante en el último tramo de su carrera una sucesión de compromisos que tienen justamente como denominador común la experimentación de profundos y visibles cambios fisonómicos. El más famoso de los dueños del apellido Gyllenhaal (hoy, Jake pesa mucho más en Hollywood que su reconocida hermana Maggie, tres años mayor) decidió cargar desde el cuerpo con el compromiso de sus interpretaciones, algunas llevadas casi al límite.

La más reciente es la de un arquetípico boxeador del cine, Billy Hope, un ex campeón de los mediopesados que toca fondo frente a una desgracia que amenaza con quitarle todo empezando por su hija de diez años. No llama tanto la atención a estas alturas que su personaje de Revancha (Southpaw), la película que Diamond estrenará hoy en la Argentina, haya exigido una transformación notable surgida de semanas enteras de exigente rutina en el gimnasio. Lo que sí sorprende es que la Academia de Hollywood, tan sensible a este tipo de conductas, haya reconocido hasta aquí a Gyllenhaal apenas con una nominación al Oscar.

Lo más curioso es que esa única candidatura (a mejor actor de reparto) fue por Secreto en la montaña, uno de los papeles de menos esfuerzo transformador en términos físicos de toda la carrera de Gyllenhaal.

Ahora, esa palabra que ningún actor de Hollywood quiere mencionar antes de tiempo (el Oscar) vuelve a aparecer en las más tempranas especulaciones ligada a su nombre. Algunos dicen que se invoca como una suerte de consuelo o compensación frente a lo que para la mayoría resultó una injusticia: haberlo dejado fuera del último quinteto de aspirantes al premio mayor de la industria del entretenimiento por el logrado retrato de un buscador de fama a toda costa a través de la noticia de alto impacto en Primicia mortal (Nightcrawler).

En esa ocasión, Gyllenhaal se transformó poco menos que en un animal nocturno (un coyote, en sus propias palabras) alimentándose durante varias semanas mediante una escuálida dieta de goma de mascar, té y ensalada...

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