Strauss desafía el sistema tonal

 
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Nos preparamos, como venimos haciendo, para Elektra, la cuarta ópera de Richard Strauss (después de las tempranas Guntram y Feuersnot, seguidas por su primer gran aporte, Salome) que el Colón anuncia en cinco fechas, a partir del próximo martes. La obra, que fue conocida en esa misma sala hace noventa y un años dirigida por el propio compositor, nos trae esa perturbadora belleza de una música con la que el autor explora las oscuras cavernas del alma, al mostrar la venganza en sus niveles psicopáticos.Naturalmente, el lenguaje al que recurre Strauss barre con las contenciones del sistema tonal, con una agresividad extrema provocada por las disonancias, con una escritura que llega a los límites apenas admisibles en el tratamiento contrapuntístico y con una furia sonora que el autor obtiene a través de una provocativa fusión o enfrentamiento de timbres instrumentales.Desde las primeras palabras que se escuchan en boca de una de las servidoras (¿Dónde está Elektra?) hasta las últimas de la protagonista (¡Callar y bailar!) y el grito de Crisotemis, la hermana de la protagonista (¡Orestes!, ¡Orestes!) con que se cierra la obra, la orquesta se mantiene con una vehemencia que deja al espectador, según mi experiencia, físicamente exhausto.Ese poderío sonoro cobra aún mayor intensidad por el hecho de que Strauss propone aquí un complejo contrapunto de Leimotive, procedimiento que provoca pasajes...

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