El Calafate: la cuna kirchnerista ante el desafío de no ser otra Anillaco

 
EXTRACTO GRATUITO

EL CALAFATE.- Diez canteros explotan de narcisos amarillos en la rotonda de ingreso como una promesa de verano. Una cuadrilla municipal barre y riega con ahínco la avenida principal. Los transfers recogen turistas por los hoteles rumbo a las excursiones. Sólo la humareda de un incendio en el basural municipal irrumpe en el paisaje perfecto. Son las 9 de la mañana en esta ciudad donde el turismo y la construcción marcan el ritmo de sus 21.000 habitantes.Wilder Claros es albañil, con su esposa y sus dos hijos viajaron durante ocho días en colectivo para unir los 5000 km que separan Cochabamba, en Bolivia, de la Patagonia. Su padre ya había recorrido el mismo camino, y lo urgía a venir: hacían falta operarios, albañiles, obreros en un pequeño pueblo en el sur de la Argentina. Todos los días una nueva obra de construcción empezaba. Era el año 2005 y esta ciudad vivía con la adrenalina que traen las nuevas inversiones, las obras faraónicas y las intensas olas migratorias que cambiarían al bucólico pueblo para siempre. Así, El Calafate se convertiría en la última década en "el lugar en el mundo" de mucha gente.Según datos del último censo del Indec, la población de la ciudad creció un 158% en diez años. La salida de la convertibilidad, la llegada de Néstor Kirchner al poder y un nuevo aeropuerto fueron las bisagras que determinaron un crecimiento por impulsos y sin planificación.Entonces desembarcaron las grandes cadenas hoteleras y en pocos meses hubo construcciones por todos lados, aunque no tenían gas ni luz. Los servicios públicos eran un caos. Hoy algunos hoteles quedaron rodeados de barriadas. Allí el asfalto convive con las calles de tierra, y los transfers de turistas con un viejo Renault 12 de un albañil. Todo se mezcla, pero no se toca.Durante el auge de la construcción, los obreros vivían en galpones o se amontonaban donde podían; sobraba trabajo. Ése fue el caso de Wilder Claros, con cinco hijos, tres nacidos aquí. "Nos adaptamos rápido, el frío en Cochabamba es igual. Volvimos una vez a Bolivia, pero los chicos no se adaptaron", relata al fin de una jornada de trabajo.De las 2500 plazas hoteleras disponibles en 2002, en pocos años la ciudad alcanzó las casi ocho mil. Pese al voraz crecimiento y los 170 hoteles que hay en la ciudad, el Posada Los Álamos, es el emblema. Desde 1999 mantiene 144 plazas, pero se amplió para atraer convenciones y congresos. Rodeado de álamos, mezcla el lujo con la calidez de una cabaña en un bosque. Allí se alojaron desde...

Para continuar leyendo

SOLICITA TU PRUEBA